Mostrando entradas con la etiqueta Continuidad de los valles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Continuidad de los valles. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de febrero de 2016

NO ES SUFICIENTE

 -       Pero luego vuelve el ruido, Sofía, el maldito ruido; la incontinencia de una civilización llena de espejos. Y con la misma violencia regresa la convicción de que nada vale la pena. Después de todo lo que ha sucedido en estos últimos años sigo consumido por la impotencia.
-        ¿Y por qué sigues adelante?
-        Porque dudo.
-        No lo entiendo.
-        Soy lo contrario del creyente que duda; soy un descreído que duda. Verás: aquel a quien mueve la fe tiene en la duda una mancha que trata de lavar todos los días. Yo soy un descreído militante que abraza la duda como un madero en el naufragio.
-        ¿Y qué es lo que te hace dudar de que la vida no merece la pena?
-        Tengo experiencias íntimas de debilidad en mi convicción. De pronto, siento que hay cosas que no encajan. Por ejemplo: si la vida es una estupidez sin sentido ¿por qué me perturba la música?
-        ¿Qué quiere decir que te perturba?
-        Quiero decir que quiebra la convicción del sinsentido.
-        ¿Y puedes utilizarlo a tu favor?
-        Por supuesto. Cuando me he sentido derrotado por el horror, cuando me ha invadido la irracional y poderosa impotencia, tengo una herramienta frágil y perseverante a mi alcance: la racional duda. Si todo es horror, si no vale la pena luchar contra todo esto, si soy irrelevante, ¿por qué la música, por qué la belleza?
-        ¿Y qué es lo que te falta ahora?
-        Probablemente la única conclusión provisional que merezca la pena sacar de todo esto –y creo que el maestro estaría de acuerdo- es que la única manera de hacer frente al horror es multiplicar esa duda, multiplicar la belleza. Y no es suficiente, con mi aportación solitaria no es suficiente, con nuestro amor no es suficiente.
-        Tenemos que buscar ayuda.
-        Jean Jacques tuvo otros alumnos, alumnos a quienes nunca llegué a conocer. Tenemos que encontrarnos con ellos, tenemos que construir un poderoso tótem de dudas que descomponga toda esta miserable pesadilla, si no, te juro que no sé qué será de nosotros. Porque la sensibilidad nos hace vulnerables y hay que ser consciente de ello, pero...
-        ¿Pero qué, Emilio?
-        Pero ¿cómo podría vivir si no sintiera una conmoción cada vez que observo tu rostro furtivamente, mientras estás perdida en tus pensamientos? Algo, alguien me ha regalado una hermosa pieza de música que debo interpretar.
-        Tócala, pues, amor.
-        Sí, pero mejor si somos una orquesta.





lunes, 4 de enero de 2016

EN MODO RECEPCIÓN

                Me he dejado llevar por la ira, por la desesperación, por la ceguera. He olvidado que lo importante, lo más importante no se ve, ni se oye.  Es por ello que caemos en innumerables ocasiones presa de la consternación, cuando vemos con total claridad la manifestación del mal; a él somos sensibles, nos afecta, nos altera y nos transforma. Escucho los lamentos de todos aquellos que pasan junto a mí. La desolación se manifiesta invariablemente, alto y claro.
                Pero ahora trato de prestar más atención a otros individuos. Raramente me cruzo con personas que guarden un escrupuloso silencio interior. Son aquellas que están “sintonizadas” hacia afuera, en “modo recepción”. Mantienen un equilibrio envidiable. No manifiestan nada.
                Cuando percibo que alguna de ellas pasa junto a mí trato de ser sensible a la exacta frecuencia que emite ese modo de equilibrio. Cuando yo mismo “sintonizo” con él intento emitir silencio en la misma frecuencia. Y, a veces, cuando lo consigo, nos miramos, sonreímos y sentimos que ambos somos uno.
                Es entonces, y sólo de ese modo, cuando el ruido desaparece.


viernes, 4 de diciembre de 2015

LA VIDA SIN NOSOTROS

                Desde que desperté del coma experimento una profunda alteración: escucho los pensamientos de las personas que están cerca de mí. Nada he comentado a Sofía, ni a Zenón; sería embarazoso. Y desde el primer momento trato de librarme de semejante tortura, sin suerte, por cierto.
                Aunque os pudiera parecer lo contrario, aborrezco escucharos. Me desespera la falta de silencio y, a la vez, me aleja de mí mismo. Cada vez me cuesta más acomodarme en mi interior a meditar, a sentirme por dentro.
                Y es que, si al menos algo de lo que oigo fuera de interés, de una mínima profundidad o sensibilidad. Pero no. ¿Os habéis escuchado alguna vez vosotros mismos? Toda vuestra acomodada cobardía, todo vuestro egoísmo –creo que más cercano al autismo que a un simple mecanismo  de autodefensa-, toda vuestra interesada ignorancia, el tozudo individualismo, la indiferente reincidencia en el sometimiento del prójimo, y tantos otros lamentables vicios de reconocido prestigio.
                Lo único que os diré de Sofía y Zenón es que, en ocasiones tienen miedo; miedo a no poder salir adelante, a no estar a la altura, a que todo los que nos rodea se transforme  en un gran bazar en el que cada cosa tenga un precio y solamente los acaudalados puedan disfrutar del aire, del agua y de la tierra.
                Callad de una vez, malditos charlatanes y escucharos en silencio. Sobre vuestro tumulto se edifica la ignorancia; sobre vuestra ignorancia, el sometimiento, y sobre el sometimiento, la perpetuación de una insensata dominación que no podrá restablecer el equilibrio del mundo cuando éste quede definitivamente conmovido.
                La vida seguirá, pero ya sin nosotros.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

NO SERÁ IGUAL

-        Creía que te había perdido.
-        Es que me habías perdido, al menos tal como era.
-        ¿Qué quieres decir, Emilio?
-        No sé si sabré explicártelo. Verás, Sofía, desde el primer momento en que pareció que perdía la conciencia lo que sucedió realmente es que dejé de sentirme materialmente. Fue como si me estuviera convirtiendo en una nube y tomara conciencia de mi nuevo estado como una constelación de enjambres energéticos. Sentía cómo esa energía recorría mi ser de unas partes a otras y trasladaba pensamientos. Cada vez me sentía menos pesado, menos material, más difuso. Y a la vez me sentía fundirme con todo lo que estaba cerca de mí. Sentí claramente cómo me penetraba tu dolor. Ese pensamiento atravesó mi conciencia de manera fulminante, como un zumbido de baja frecuencia obsesivamente redundante. Te parecerá extraño, pero tu dolor era bello. De manera simultánea  me atravesó, cristalizando por el camino en insólitas, extraordinarias figuras, la intensidad de tu amor. Y no sé si me creerás si te digo que aquellos cristales parecían haber atrapado cada uno una partícula del dolor rodeándolas de serenidad y de sentido.
-        Me cuesta entenderte. No me quito de la cabeza que fueron muchos días. Demasiados.
-        Sí. Recuerdo todo con una exactitud que me da miedo. Me sentía tan diferente. Es extraño no sentir necesidad de nada en absoluto, reconocer un destino y encaminarte hacia él a la vez expandiéndote y contrayéndote. Ha sido un viaje hacia el interior y hacia el exterior. En el interior había trazas, evidencias de todo lo que hemos compartido y me reconocía en ello. Era confortable.  Hacia el exterior la energía del maestro me precedía abriendo camino hacia la fuente de toda la energía. Creo que había recorrido un largo camino hacia ella cuando sentí una fuente de baja intensidad que me atraía en sentido contrario. Fue tomando fuerza, fue creciendo en ímpetu a la vez que reconvenía a la gran fuente, no con acritud, sino afectiva, respetuosamente. Entonces comencé a reconocer la voz de Zenón y sentí su mano.
-        ¿Por qué volviste por él y no por mí?
-        Por ti estaba dispuesto a llegar más allá de cualquier límite. Sabía que volvería a ti al final del viaje. Pero Zenón no está preparado.
-        Nada será igual.
-        Soñar no será igual.


domingo, 4 de octubre de 2015

LAS DESPEDIDAS

                Todas  las despedidas se ocultan en la noche, donde nos saben firmemente vulnerables. La noche de Jean Jacques, la noche de Emilio, la noche de la soledad y de la ausencia, de la impotencia, de la desesperación.
                Había contado las horas, las respiraciones, los murmullos. Y ya no creía que despertaría. Había anotado frases aparentemente inconexas de sus sueños para descubrir después que eran versos, que se comunicaba conmigo.
                No eran versos de despedida; eran versos de esperanza. ¿Qué hacer con un hombre que está donde desea? ¿Cómo despertarlo para hacerle regresar si estaba descubriendo algo más allá de la vida y de la muerte?
                La noche de sus sueños era la despedida; la despedida entre el maestro y el alumno. Él me dictaba su esperanza. Yo recogía los versos entre la desesperación. 
                Fueron días grises, húmedos. La calle estaba insólitamente bulliciosa, como si la fiebre se contagiara por las calles. La frente de Emilio también sufría.
                Aquellos días Zenón se ocupaba de los quehaceres de la casa y del pequeño negocio ambulante de su padre. Siempre que podía, me acompañaba en los cuidados de Emilio, pero no mostraba preocupación.
                Hasta que una tarde empeoró manifiestamente. Zenón estaba lejos. Le avisé por teléfono para que regresara lo antes posible y me dijo algo que no olvidaré nunca: “Tal vez debas ayudarle a nacer a una nueva vida”.
                Después de tres o cuatro horas de lucha, y antes de que llegara su hijo, Emilio dejó de respirar, quedó en silencio. No puedo negar que percibí claramente el aroma de la serenidad, supongo que había llegado a un cierto estado de aceptación. Besaba su tibia mejilla cuando Zenón entró por la puerta. Me vio y comprendió. Se acercó a su padre, lo tomó de la mano y le dijo: “Ya estoy aquí, papá. Ya estoy aquí.” Sus lágrimas asomaban sin rubor. No recordaba haber visto llorar a mi hijo siendo adulto.
                Pero entonces dirigió su mirada hacia mí con un gesto de sorpresa. No entendí. Me mostró la mano de su padre, que agarraba la suya. Emilio tomó aire profundamente.  


viernes, 4 de septiembre de 2015

EL ESPACIO

                La distancia entre Emilio y yo es a menudo consecuencia de una correlación de hechos físicos, constantes carambolas del ir o venir que nos ocupa, pero también puede deberse a una infrecuencia  de estados metafísicos que ensanchan el espacio entre nosotros expandiendo el interior, desplazando a la periferia latente la presencia del otro.
                En esa inmensidad la comunicación queda reducida a una palpitación íntima. Es lo más parecido a la libertad que yo conozco. Y es el estado en que acaba de ingresar Emilio.
                Y es también el mayor estado de sufrimiento que conozco; sólo regresará cuando logre consolar el dolor de la impotencia que le produce todo aquello que no comprende. 
                En ocasiones he sentido que la palpitación que nos unía era la última. Y cuanto más última, más íntima. Y cuanto más íntima, más pródiga. Hasta sublimar la conciencia en una suerte de comprensión mutua que acababa despertando de nuevo su ansia por vivir.
                Y volver a nacer. Al contraer el espacio entre nosotros y amarse. O ser amado.
                Pero hasta ese momento…


martes, 4 de agosto de 2015

UNA NUEVA PARTITURA II

                La única partitura que creo poder seguir en este momento es una partitura en blanco, una especie de configuración organizada del silencio.
                Porque el silencio no es plano, no es incoloro. El silencio es la conquista de un relieve. A veces lo imagino cuando escucho música tribal, de obsesiva percusión. El sonido asciende formando increíbles relieves y, de pronto, todo enmudece cayendo en la inmensidad de un profundo valle. Desde allí abajo puede sonar un lejano rumor y comenzar a construir de nuevo el sonido, de nuevo la música.
                No me encuentro identificado en estos momentos con las alturas de la estridencia elemental de un ritmo feroz. Estoy abajo. Estoy cansado, en silencio, escuchando lejanos rumores que no me amenazan.
                Dejadme un poco más aquí solo.


sábado, 4 de julio de 2015

UNA NUEVA PARTITURA

                Puede que sea irrelevante, pero no me abandona la sensación de estar desafinado. Cada parte de mi cuerpo y mi propia mente van por caminos distintos. El desacuerdo hace que camine como un pato por la mañana, o que tire al suelo el objeto que iba a coger, que el dolor modifique de manera pertinaz mi humor, o tal vez  que me equivoque al abotonar la camisa.
                Añoro aquella conciencia de saber todo mi yo armonizado, como una orquesta en la que cada instrumento se sentía orgulloso de su momento en la partitura y se sumergía a la vez, diligente, en la anónima comunión del conjunto.
                No dejo de preguntarme qué puede faltar ¿Tal vez un director de la orquesta? Pero ese, en todo caso, debería ser yo mismo. ¿Una partitura?
                ¿Qué partitura estaría dispuesto a interpretar a partir de hoy?

                

jueves, 4 de junio de 2015

EL PODER DEL DESEO II

                Pero lo cierto es que hay demasiados miedos que se agarran a la realidad cual pústula, llegando a  ocultar su verdadera naturaleza.  Al pensar en la ausencia de Jean Jacques, lo primero que me asaltó fue el miedo al futuro, un futuro que no es ni más ni menos que la morada de los días concedidos al porvenir de nuestros hijos, que esperamos que sean muchos y muy venturosos.
                ¿Qué podéis esperar de una madre? Corren tiempos de una gran incertidumbre para toda una generación de jóvenes de gran talento. Miro a su alrededor y veo un mundo empobrecido, sumido en el estrés de una explotación salvaje, decantándose hacia el caos. Por más que intento no alimentar esta tormenta perfecta, hay demasiadas fuerzas conmoviendo el orden que hemos conocido.
                Es en esta circunstancia cuando nos encontramos Zenón, Emilio y yo en el salón y le transmito a nuestro hijo mis obsesiones. Sin embargo, la respuesta que obtengo no es la que esperaba. Me habla de un experimento con animales de laboratorio, de cómo los acostumbran a tomar agua con azúcar y, al cabo de unos días, disminuyen la proporción de azúcar hasta provocar un estado de frustración por una expectativa no cumplida. Frente a éstos, sendas jaulas resultan ser morada de otros infelices a los que no han proporcionado la solución edulcorada. No esperan su ración de azúcar en el agua y, por tanto, no experimentan ningún tipo de frustración: no hay expectativa de “dulce porvenir”.
                “¿Qué crees que va a pasar con nosotros, mamá?” me dice Zenón. “¿Cuáles crees que pueden ser nuestras expectativas?”
                Emilio le observa y apostilla: “¿Cómo es posible que no seamos capaces de ver el mundo con vuestros ojos?... ¿Incluso de vernos a nosotros mismos con vuestros ojos?”


lunes, 4 de mayo de 2015

EL PODER DEL DESEO

                Hasta hace unos días había llegado a dejarme vencer por la complacencia. Tenía la sensación de que existía un orden en nuestras vidas al que sólo hacía falta empujar levemente para que la inercia continuara guiando su rumbo. Hablo de esa seguridad que se siente cuando todas las personas importantes que te rodean son el baluarte que defiende tu casa y tu persona, y tienes la completa certidumbre de que van a seguir estando ahí mañana.
                Pero de pronto hay un mañana en el que falta alguno de estos baluartes.
                No me sentía más insegura. No se trata de eso. Sentí que había perdido algo cuando ya no tenía conciencia de que lo había ganado en algún momento. Teníamos a Jean Jacques y eso era algo que no se cuestionaba. Tal vez uno deja de merecer lo que atesora cuando ya no tiene la impresión de que tiene que luchar por ello cada día.
                He recordado estos días cómo llegué a desear el nacimiento de mi hijo, de Zenón. Estaba dispuesta a luchar por él con toda mi alma. Me sentía poderosa y, a la vez, incompleta. Sabía perfectamente lo que quería y lo deseaba con una intensidad extraordinaria.
                Y esto me ha hecho pensar en el poder de los deseos, en cuánto somos capaces de superar cuando luchamos firmemente por conseguir algo. ¿Por qué toda esa energía se extingue cuando nos sabemos en posesión de nuestro objeto?  
                ¿No sería más conmovedor, más bello, despertar cada día con el deseo de volver a conseguir el amor de mi hombre, o permitir que renazca de nuevo cada mañana mi sentimiento de ser madre? Y luego, al renovar  la emoción de conseguir algo tan deseado, al merecerlo sinceramente, agradecer los dones que la vida nos otorga. Enumerar en largas letanías de gratitud cada uno de ellos, desde el más insignificante hasta el más sublime.
                Y, de ese modo, evocar la magnitud de su presencia un poco más. Proteger a la excelencia del olvido.  Y perseverar.    
            

sábado, 4 de abril de 2015

LA ÚLTIMA LECCIÓN

                Querida familia, he dejado de ser vuestro maestro. En buena hora.
                Todo lo que sé os lo he entregado. Todo lo que sois me llena de orgullo, no un orgullo necio, sino la mayor fuente de orgullo que pueda existir: dejar de ser para ser en otro.
                Me queda, no obstante, una última lección que comunicaros, la lección que iluminó las últimas horas de mi vida, de mi estado de conciencia terrenal.
                Mi relación con la vida y el porqué de las cosas que he ido conociendo a lo largo de estos innumerables años ha sido a menudo tortuosa. No acababa de entender que el mundo fuera una máquina inconsciente, pero tampoco entendía, en caso de existir un Dios supremo, qué podía haber pretendido con la creación de una especie tan decepcionante como la nuestra.
                Perseguí durante mucho tiempo una explicación. Abandoné la esperanza tantas veces que no sé cómo pude recuperarla nunca. Seguramente el vacío que causa la incomprensión ante las desgracias y la perseverancia de la malignidad humana, de la que pude ser tantas veces testigo,  me empujaron a creer que esa explicación tenía que venir a mí de una u otra manera. La traería hasta mí aunque fuera lo último que hiciera en mi vida. Y así ha sido.
                Lo vislumbré entre la penumbra de mi último encuentro con Sofía: la única imagen plausible de un Creador es la del jardinero.
                Mas no son inflorescencias anodinas lo que ansía obtener con nosotros, no. Se trata de otro cultivo: el de la inteligencia.
                De toda plantación, de toda propagación vegetal nacen ejemplares sanos que evolucionan en una suerte diversa, y que, en el mejor de los casos, ofrecen frutos. Nosotros somos esa masa de cultivo no siempre productiva, diría más, tan poco productiva, de brotes tan  infrecuentes, que cuando sucede una de esas extrañas floraciones, el espectáculo resulta especialmente cautivador.
                En todos mis años de aficionado a la botánica no he sido capaz de ligar un hecho con el otro. Ya lo veis, nuestro pastor ha resultado ser un jardinero. Pensándolo bien,  las ideas necesitan raíces, madurar en un lugar concreto, en un ambiente propicio, para reproducirse en la eclosión de una diáspora de semillas fértiles que volverán a germinar sólo en ambientes propicios, en circunstancias precisas.
                Sin embargo, todo jardinero - lo sé por experiencia-  confiesa ciertas debilidades. Las ideas son hermosas, no obstante hay algo en ellas que acaba alimentando lo peor del ser humano. Crear un mundo para cultivar la inteligencia sólo por las ideas es tentador, pero incompleto. ¿Qué se esconde más allá de ellas?
                El tiempo se me acababa. Exhausto, dejé de buscar la respuesta, de modo que ésta viniera, si lo deseaba, a mí, puesto que yo ya no era capaz de llegar a ella. Me entregué al silencio.
                Y en él se decantó serenamente mi postrera certidumbre.
                El único lenguaje universal es la razón principal de la creación. Dios creó al hombre para cultivar la música. En alguna parte del espacio sin tiempo, o del tiempo sin espacio, vaya usted a saber,  Dios quedó seducido por la música. Y desde entonces no sabe qué demonios hacer con nosotros.


miércoles, 4 de marzo de 2015

AROMA DE ESPECIAS

                Había regresado Zenón de un largo fin de semana fuera de casa y nos disponíamos a comer juntos, cuando Sofía venía algo alterada de no se sabe dónde. Traía en su mano una carta cerrada y nos buscaba como si la que se hubiese perdido fuera ella.
                - Estamos aquí, en la cocina, Sofía.
                - Ay, madre mía, no os lo vais a creer. Estaba buscando en la biblioteca el libro de recetas veganas y al moverlo, ha caído este sobre cerrado, con letra inconfundible de Jean Jacques. No nos dijo nada sobre él.
                Evidentemente ninguno de nosotros dudaba de que debíamos abrirlo de inmediato y leer su contenido, pero no nos atrevíamos a mover ni un dedo.  Nos mirábamos, mirábamos la misiva sobre la mesa y creo que me traicionó el pensamiento al verbalizar mis conclusiones tal y como me venían a la mente.
                - Si lo dejó junto al libro de recetas, es que quería que la leyera Zenón. Él es el verdadero aficionado a la cocina en esta casa.
                - Tienes razón, Emilio. Pero supongo que podemos escuchar, ¿no?
                Sí, podríamos escuchar, sin duda. Pero la carga emocional era especialmente intensa si aceptábamos que había una intención manifiesta por parte del maestro en relación a quién debía encontrar este mensaje.
                Y así, nuestro hijo abrió el sobre con su estilete, extrajo las hojas, dejó que respirasen el suave aroma de especias que moraba en la estancia y se dispuso a leer…

                 

miércoles, 4 de febrero de 2015

LA INERCIA

                Verdaderamente la inercia no es suficiente para dar sentido a lo que hacemos. La inercia  nunca, en ningún caso, puede ser el fundamento de lo que se hace o se deja de hacer.
                Es cierto que hay momentos en que uno no sabe a dónde va, a dónde debería ir. Pero sí sabe dónde está, sabe que la órbita que abraza a nuestro alrededor todo aquello que amamos no debe dejar de dar vueltas estrechando el cerco íntimamente.
                Ahora que el maestro nos ha dejado y que Zenón pasa largas temporadas fuera de casa, en otra que comienza a ser también la suya, Sofía y yo sentimos el vacío desacostumbrado de nuestra sola compañía. Es un tú y yo que tenemos que volver a construir.
                Por eso ella arruga su nariz contra mi cuello y me conmueve con palabras que se funden al tocarme. Para hablar labio con labio un lenguaje hermético que sólo nos pertenece a nosotros.


domingo, 4 de enero de 2015

LO QUE SE AVIZORA

                Perder al maestro fue como alterar la química del yo, de mi yo, de nuestros yos. Probablemente se trataba de ese fenómeno que llamamos soledad: una súbita desconexión de nodos, un navegar a la deriva a bordo de un bote sofisticado sin encontrar las instrucciones de uso.
                Bien entendido, era admitir que somos cuando “somos”; en contraposición a un insensato soy y sólo soy,  ridículamente solitario y desvalido que, debo admitirlo,  me hacía sentirme como un falsario. Afortunadamente fue ganando peso la convicción,  la revelación de una especie de herencia de compromiso: las instrucciones de uso estaban en el cajón equivocado y teníamos que apremiarnos a pilotar la nave.
                En toda mudanza hay algo que nos deshabita y algo que se avizora. Sofía se dio cuenta antes que yo: mucho de lo que habíamos perdido con la marcha del maestro se comenzaba a manifestar en algunos cambios evidentes en Zenón.  No fue tanto el hecho de que quisiera acompañarme con nuestra librería trashumante, ayudar en todo lo que pudiera en casa, concedernos en el trato diario algo más de locuacidad o mostrar una inusitada prevención en todo lo referente a economía familiar. Se trataba de algo más profundo: había interpretado la secuencia de acontecimientos como un desafío personal.
                Percibí íntimamente cómo Sofía se rendía a la belleza de aquella transformación. Del mismo modo en que me sentí empujado por su fortaleza a ocupar un nuevo estatus. Y así fue como fuimos adquiriendo cada uno de nosotros una nueva personalidad confeccionada de girones algo maltrechos de lo que había sido la influencia de Jean Jacques en nuestras vidas.
                Al fin y al cabo uno es lo que es, o lo que cree que es. Pero no es menos lo que los demás ven en uno. Y nosotros, tal vez,  veíamos en nuestro maestro lo que él trataba de mostrarnos de nosotros mismos.

                De lo que no cabe ninguna duda es que aquí comenzaba una nueva historia y dicha historia no iba a ser menos merecedora de ser vivida que de ser contada. 


jueves, 4 de diciembre de 2014

RETORNO AL SILENCIO

                Podría describirse de este modo: fue exactamente como sufrir el síndrome del miembro fantasma. Toda vez sobrevenida una amputación uno continúa sintiendo ese miembro como si todavía estuviera ahí. Jean Jacques acababa de abandonar el plano de la manifestación física, pero resultaba imposible evitar que nuestras mentes le concedieran un tiempo que ya no le pertenecía. Seguíamos sintiendo palpitar su presencia.
                No era extraño: se trataba de su segunda muerte. La primera fue un grito, una explosión de fragilidad, un arrebato inconsciente, o tal vez la inmolación consciente de un personaje con todos sus deméritos y contrariedades. Prorrumpió en un estallido que le proyectó hacia un nuevo compromiso, hacia un tiempo de cruentas colisiones entre pasado y futuro. En aquella ocasión me arrastró con él.
                Pero esta vez es distinto. El maestro –estoy seguro-  ha columbrado un grado de conocimiento superior. Y cuando el conocimiento es superior, no hay palabras que lo puedan describir, ni formular. Por ello, en esta ocasión el maestro se ha desnudado del verbo. Se ha vaciado de verbo. Se ha silenciado.
                Podemos admitir que hemos perdido la voz directa, la resonancia física, el continente y, sin embargo, perdura el contenido, la sustancia, la comunión. De tal modo que cuando hoy pensamos, cuando hoy expresamos nuestras ocurrencias, cuando hoy sentimos, no podemos decir que lo estemos haciendo nosotros solos. Quiero pensar que seguimos trabajando juntos: co-laborando, co-operando.
                Quiero pensar en ello, pero las palabras se adueñan de todos y cada uno de mis pensamientos y, lo sé, alteran mi lealtad. Por ello, firmemente, me abandono a la meditación. La mano del maestro me despoja, me sumerge, íntegro, bajo el mantillo confortable y fértil del lenguaje, hacia la raíz, hacia la médula, hacia la intuición primigenia, hacia la poesía.
                Yo          
                hemos muerto                
                nuevamente.

martes, 4 de noviembre de 2014

LA CUENTA ATRÁS

                Algunas palabras del maestro, lo recuerdo,  entraban por mi ventana como un vendaval gélido y furioso.  Irrumpían cruelmente, agitaban y  desnudaban mi ego de esa confortable complacencia que tan a menudo lo arropa.
                Otras repercutían como un goteo constante. Y cuando digo repercutían es que no dejaban de percutir y repercutir con suma tenacidad en ese rincón íntimo, que arrostra las más impúdicas renuncias.
                Pero las que más he temido, las que más me inquietaron apenas se escuchaban, acudían de lo más profundo, eran la sombra de un ahogado susurro, la inflorescencia de una letanía,  como tañidos depositados en el mismísimo sudario.
                Con gran solemnidad eran depositadas una a una en la espesa papilla del silencio. Con gran carestía íbanse asociando, trenzando pensamientos.
                Pero ahora no le oigo. Miro a Emilio atónita, indignada, asustada. Zenón guarda silencio al fondo de la alcoba. Y aunque retengo todavía su mano con fuerza, sólo se siente latir  el eco de sus últimas palabras:
                “Cuanto más soy conocimiento, menos soy vida. El tiempo decantado nos instruye y ejecuta a la vez la decadencia. Tenéis mis bendiciones. Ahora dejad que la vela de mis temores y mis contradicciones se vaya apagando. Debo descansar.”
                Con gran delicadeza beso su mano, que ya descansa. Y voy sumando lánguidamente a mi desconsuelo los primeros minutos de su ausencia.

                

sábado, 4 de octubre de 2014

VIDA Y CONOCIMIENTO II

                 Sostengo, Zenón,  que la vida es conocimiento, porque es un código. Llámale ADN o como quieras. Este código vela por la reproducción de la vida y por la re-creación de nuevas fórmulas de vida.
                Pero, por otra parte, el conocimiento es vida en cuanto que significa una forma de conciencia. Una conciencia creativa y experimental.
                Entonces, ¿para qué quiere un código tener conciencia? ¿Para qué alimentar una espiral de perfeccionamiento?
                Sospecho  que somos parte de un todo que entreteje con nosotros nuevas tramas de conocimiento. Yo soy mi conciencia aprendiendo y todas las conciencias que me habitan, aprendiendo, y todas las conciencias que yo habito, aprendiendo.
                Piénsalo bien, jovencito.             

jueves, 4 de septiembre de 2014

VIDA Y CONOCIMIENTO

                Zenón ha regresado antes de hora del trabajo. No estaba enfermo.
                A veces las noticias se llevan por delante el suelo que pisamos, la certidumbre, la perspectiva del camino que ayer veíamos claramente cómo serpenteaba invitándonos a soñar promesas de futuro.
                Las madres lo comprenden de inmediato. Le enseña la foto de su amigo en el móvil. “Hace tan solo dos semanas tomábamos juntos unas cervezas”.
                Y vuelve a mi mente la imagen del árbol derribado por el viento, agarrado a tierra a penas por una raíz y reverdecido.
                Si la vida es un imperativo per se, si el conocimiento es consustancial a ella, ¿qué demonios es el sufrimiento? ¿Cómo ligan vida y conocimiento? ¿En qué nos estamos equivocando?


lunes, 4 de agosto de 2014

EL CULTIVO DEL YO

                Después de aquellos formidables años educando a Emilio, yo mismo había experimentado un cambio profundo. Mientras fundamentábamos su espíritu, mis largas jornadas de preparación, reflexión y proyección me habían obligado a tolerar de mala gana la presencia de un incómodo desconocido: mi propio yo.
                No cabe duda de que era un rasgo de inmadurez sentirse afectado por aquella permanente réplica enojosa. Hubiera preferido disponer de una verdadero alter ego de identidad inequívoca, ajeno a mis padecimientos, una personalidad fuerte con quien poder contrastar mi labor: mis dudas y mis aciertos. En todo caso, no debía de ningún modo demostrarle a mi alumno aquella debilidad, ya que éste no podía representar en absoluto semejante papel.
                Contábamos ya meses, si no años en aquella cabaña, tan aislados de la metrópoli, como atrapados en un medio de extraordinaria exigencia, cuando toqué fondo. De tal modo el rigor de la soledad había desnudado mi alma que en una noche de insomnio, podría decirse que al verla frente a frente, tuve miedo.
                Decidí marchar unos días, dejando a Emilio al cargo de nuestras exiguas propiedades. Marchar sin rumbo fijo, con el objetivo de recuperar la cordura, el equilibrio. Tal vez porque la única manera de saber realmente quiénes somos es enfrentarse a la imagen que los demás tienen de nosotros, acabé recalando en la ciudad. Los primeros días me hospedé en una pequeña fonda, junto al lago. Di unos paseos alrededor de éste, aproveché para recuperar mis tradicionales herborizaciones,  busqué el calor del mercado, atendí a tertulias de café, me encontré con antiguos amigos y enemigos. Hasta esto puede ser reconfortante en tales circunstancias. Pero lo más significativo ocurrió el quinto día.
                En uno de mis paseos, algo alejado de la villa, llegué a las cercanías del molino y allí, en una especie de plazoleta amenizada por el chapoteo de una magnífica fuente, vi a una criatura espléndida: una muchachita de unos nueve o diez años, la misma edad de Emilio, abstraída en la lectura de un libro. Me acerqué, la saludé y le pregunté qué leía. “Son unas fábulas, señor”. Le pregunté si le gustaban. “Oh, sí, ya lo creo. Me gusta mucho leer y también ir a la escuela”
                La niña era tan bella, que dolía. Estuve a punto de llorar allí mismo y no sé muy bien si de alegría, de admiración o de rabia por no tener yo también nueve o diez años. Pero desde el primer momento se me hizo evidente que había encontrado una compañera para mi alumno. Ella, evidentemente se llamaba Sofía.
                Pero también ocurrió algo inesperado: mi yo profundo, mi yo desnudo, manifestó una especie de aquiescencia, de alivio, al comprender que educaría tanto a Sofía como a Emilio, que ambos alcanzarían pronto un grado de madurez suficiente para afrontar los riesgos de convertirse en mi alter ego.
                Y así fue. Tras unas semanas alojado en el propio molino, conviviendo con su familia, decidimos que debían conocerse. El encuentro fue exitoso, como se puede imaginar.
                Crecieron juntos, fueron brillantes, rigurosos, críticos, alegres. Me educaron, en su simplicidad, más que cualquier universidad a la que pudiera haber asistido. Aprendí a aceptarme tal como me veía en ellos. Descubrí cosas de mí mismo que desconocía. Investigué con ellos las técnicas del cultivo del yo. Hasta que un buen día, después de años de dicha y esfuerzo, decidieron continuar una vida juntos.
                Pero ya entonces mi soledad estaba plena. Ellos partieron. Yo me quedé en la cabaña. Y no supe nada de su suerte hasta que ocurrió el maldito accidente.


viernes, 4 de julio de 2014

DAGUERROTIPO


  
                 Descoloridos por el tiempo, aquellos hombres y mujeres cargan todavía con todo el dolor de una amarga centuria.
                 Hay una maldición más infecta que la guerra, que es peor que haber vivido como un despojo entre combates, peor que morir una vez, peor que quedar atrapado en una fotografía y eternizar ese dolor.
                La maldición de verdad es haber sido olvidado. La maldición de verdad es ver desde el otro lado cómo nuevas levas de desgraciados ven humillada y violada su humanidad una y otra vez. Una y otra vez.
                De entre todo aquello que aconteció mientras Jean Jacques y yo flotábamos en una desesperante sopa de letargo más allá de todo tiempo, nada nos impresionó más, al regresar, que el relato de las guerras modernas.
                Ha cambiado la manera de matar, sí. Es lejana y cobarde. Es masiva. Es anónima. Es aséptica.
                Pero no ha cambiado la manera de morir. En ella no hay diferencia de raza, de sexo,  de edad, ni de época: todos acabamos siendo iguales ante la muerte. Entonces ¿por qué la guerra?  
                Sabed que la lengua de los muertos es una, una sola; que la patria de los muertos es una, una sola; que la raza de los muertos es una, una sola.
                No dejéis de escuchar cómo susurran con la voz quebrada por el agotamiento; ejércitos de miles de millones de víctimas suplicando no ser olvidadas. ¿Puede haber algo más triste? Me temo que cien años no han sido suficientes para entenderlo.
                Honremos pues su memoria con nuestro compromiso día a día y seamos dignos de una vida que ellos no pudieron ni soñar. Aunque el rubor de la vergüenza haga temblar nuestra voz al proclamarlo.