Mostrando entradas con la etiqueta Diario de Jean Jacques. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diario de Jean Jacques. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de abril de 2015

LA ÚLTIMA LECCIÓN

                Querida familia, he dejado de ser vuestro maestro. En buena hora.
                Todo lo que sé os lo he entregado. Todo lo que sois me llena de orgullo, no un orgullo necio, sino la mayor fuente de orgullo que pueda existir: dejar de ser para ser en otro.
                Me queda, no obstante, una última lección que comunicaros, la lección que iluminó las últimas horas de mi vida, de mi estado de conciencia terrenal.
                Mi relación con la vida y el porqué de las cosas que he ido conociendo a lo largo de estos innumerables años ha sido a menudo tortuosa. No acababa de entender que el mundo fuera una máquina inconsciente, pero tampoco entendía, en caso de existir un Dios supremo, qué podía haber pretendido con la creación de una especie tan decepcionante como la nuestra.
                Perseguí durante mucho tiempo una explicación. Abandoné la esperanza tantas veces que no sé cómo pude recuperarla nunca. Seguramente el vacío que causa la incomprensión ante las desgracias y la perseverancia de la malignidad humana, de la que pude ser tantas veces testigo,  me empujaron a creer que esa explicación tenía que venir a mí de una u otra manera. La traería hasta mí aunque fuera lo último que hiciera en mi vida. Y así ha sido.
                Lo vislumbré entre la penumbra de mi último encuentro con Sofía: la única imagen plausible de un Creador es la del jardinero.
                Mas no son inflorescencias anodinas lo que ansía obtener con nosotros, no. Se trata de otro cultivo: el de la inteligencia.
                De toda plantación, de toda propagación vegetal nacen ejemplares sanos que evolucionan en una suerte diversa, y que, en el mejor de los casos, ofrecen frutos. Nosotros somos esa masa de cultivo no siempre productiva, diría más, tan poco productiva, de brotes tan  infrecuentes, que cuando sucede una de esas extrañas floraciones, el espectáculo resulta especialmente cautivador.
                En todos mis años de aficionado a la botánica no he sido capaz de ligar un hecho con el otro. Ya lo veis, nuestro pastor ha resultado ser un jardinero. Pensándolo bien,  las ideas necesitan raíces, madurar en un lugar concreto, en un ambiente propicio, para reproducirse en la eclosión de una diáspora de semillas fértiles que volverán a germinar sólo en ambientes propicios, en circunstancias precisas.
                Sin embargo, todo jardinero - lo sé por experiencia-  confiesa ciertas debilidades. Las ideas son hermosas, no obstante hay algo en ellas que acaba alimentando lo peor del ser humano. Crear un mundo para cultivar la inteligencia sólo por las ideas es tentador, pero incompleto. ¿Qué se esconde más allá de ellas?
                El tiempo se me acababa. Exhausto, dejé de buscar la respuesta, de modo que ésta viniera, si lo deseaba, a mí, puesto que yo ya no era capaz de llegar a ella. Me entregué al silencio.
                Y en él se decantó serenamente mi postrera certidumbre.
                El único lenguaje universal es la razón principal de la creación. Dios creó al hombre para cultivar la música. En alguna parte del espacio sin tiempo, o del tiempo sin espacio, vaya usted a saber,  Dios quedó seducido por la música. Y desde entonces no sabe qué demonios hacer con nosotros.


sábado, 4 de octubre de 2014

VIDA Y CONOCIMIENTO II

                 Sostengo, Zenón,  que la vida es conocimiento, porque es un código. Llámale ADN o como quieras. Este código vela por la reproducción de la vida y por la re-creación de nuevas fórmulas de vida.
                Pero, por otra parte, el conocimiento es vida en cuanto que significa una forma de conciencia. Una conciencia creativa y experimental.
                Entonces, ¿para qué quiere un código tener conciencia? ¿Para qué alimentar una espiral de perfeccionamiento?
                Sospecho  que somos parte de un todo que entreteje con nosotros nuevas tramas de conocimiento. Yo soy mi conciencia aprendiendo y todas las conciencias que me habitan, aprendiendo, y todas las conciencias que yo habito, aprendiendo.
                Piénsalo bien, jovencito.             

lunes, 4 de agosto de 2014

EL CULTIVO DEL YO

                Después de aquellos formidables años educando a Emilio, yo mismo había experimentado un cambio profundo. Mientras fundamentábamos su espíritu, mis largas jornadas de preparación, reflexión y proyección me habían obligado a tolerar de mala gana la presencia de un incómodo desconocido: mi propio yo.
                No cabe duda de que era un rasgo de inmadurez sentirse afectado por aquella permanente réplica enojosa. Hubiera preferido disponer de una verdadero alter ego de identidad inequívoca, ajeno a mis padecimientos, una personalidad fuerte con quien poder contrastar mi labor: mis dudas y mis aciertos. En todo caso, no debía de ningún modo demostrarle a mi alumno aquella debilidad, ya que éste no podía representar en absoluto semejante papel.
                Contábamos ya meses, si no años en aquella cabaña, tan aislados de la metrópoli, como atrapados en un medio de extraordinaria exigencia, cuando toqué fondo. De tal modo el rigor de la soledad había desnudado mi alma que en una noche de insomnio, podría decirse que al verla frente a frente, tuve miedo.
                Decidí marchar unos días, dejando a Emilio al cargo de nuestras exiguas propiedades. Marchar sin rumbo fijo, con el objetivo de recuperar la cordura, el equilibrio. Tal vez porque la única manera de saber realmente quiénes somos es enfrentarse a la imagen que los demás tienen de nosotros, acabé recalando en la ciudad. Los primeros días me hospedé en una pequeña fonda, junto al lago. Di unos paseos alrededor de éste, aproveché para recuperar mis tradicionales herborizaciones,  busqué el calor del mercado, atendí a tertulias de café, me encontré con antiguos amigos y enemigos. Hasta esto puede ser reconfortante en tales circunstancias. Pero lo más significativo ocurrió el quinto día.
                En uno de mis paseos, algo alejado de la villa, llegué a las cercanías del molino y allí, en una especie de plazoleta amenizada por el chapoteo de una magnífica fuente, vi a una criatura espléndida: una muchachita de unos nueve o diez años, la misma edad de Emilio, abstraída en la lectura de un libro. Me acerqué, la saludé y le pregunté qué leía. “Son unas fábulas, señor”. Le pregunté si le gustaban. “Oh, sí, ya lo creo. Me gusta mucho leer y también ir a la escuela”
                La niña era tan bella, que dolía. Estuve a punto de llorar allí mismo y no sé muy bien si de alegría, de admiración o de rabia por no tener yo también nueve o diez años. Pero desde el primer momento se me hizo evidente que había encontrado una compañera para mi alumno. Ella, evidentemente se llamaba Sofía.
                Pero también ocurrió algo inesperado: mi yo profundo, mi yo desnudo, manifestó una especie de aquiescencia, de alivio, al comprender que educaría tanto a Sofía como a Emilio, que ambos alcanzarían pronto un grado de madurez suficiente para afrontar los riesgos de convertirse en mi alter ego.
                Y así fue. Tras unas semanas alojado en el propio molino, conviviendo con su familia, decidimos que debían conocerse. El encuentro fue exitoso, como se puede imaginar.
                Crecieron juntos, fueron brillantes, rigurosos, críticos, alegres. Me educaron, en su simplicidad, más que cualquier universidad a la que pudiera haber asistido. Aprendí a aceptarme tal como me veía en ellos. Descubrí cosas de mí mismo que desconocía. Investigué con ellos las técnicas del cultivo del yo. Hasta que un buen día, después de años de dicha y esfuerzo, decidieron continuar una vida juntos.
                Pero ya entonces mi soledad estaba plena. Ellos partieron. Yo me quedé en la cabaña. Y no supe nada de su suerte hasta que ocurrió el maldito accidente.


martes, 4 de marzo de 2014

AROMAS EN LA PENUMBRA

                Había algo en aquella situación que incomodaba a Sofía. No era el hecho de ayudar con más frecuencia a Jean Jacques. No había en ello nada digno de relevancia. Y, sin embargo, evitaba observar al maestro cuando él hablaba, extraviaba involuntariamente la mirada en cualquier dirección, callaba y escuchaba.

                Hasta que un día Jean Jacques le pidió que cerrara las contraventanas, con el falso pretexto de desear un poco de penumbra. Ella no lo vio venir. La oscuridad invadió por completo la biblioteca y el silencio se vistió de aromas: aromas de papel anciano, madera rancia, tinta, indeleble ceniza.

                Un leve chasquido de los labios, despegando perezosamente la sequedad que los atenazaba. Aromas de duda, de jabón, de ropa limpia y fresca, de intimidad. De ahora sí, Sofía, podrás hablarme sin avergonzarte y mirarme mientras me hablas.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

LO EXTRAORDINARIO

                Creedme. Lo extraordinario es necesariamente fugaz.
                Y esta verdad, en cualquier caso, puede afectarnos de dos maneras: o bien vemos pasar desde nuestra acomodada, lenta e irrelevante vida los destellos fugaces de todo aquello que vivirán otros, o bien subimos al vértigo del atrevimiento y dejamos que lo extraordinario penetre en nosotros.
                Pero cuidado. En este último caso la vida será  intensa y pasará en un suspiro, sí, ante las acomodadas, lentas e irrelevantes vidas de los demás.


viernes, 4 de octubre de 2013

ELOGIO DEL IDEALISMO

                En honor a la verdad, nada se ha ensanchado más en los últimos tiempos que la certidumbre de nuestra ignorancia, al menos entre los círculos de la “inteligencia”.
                El camino del conocimiento racional busca siempre sendas bien pavimentadas, circuitos seguros, comprobables, replicables. Y, sin embargo, avizora fuera de la ruta marcada paisajes tan ignotos como anhelados: es el difuso retrato de todo aquello que ignoramos.
                Pero la Historia está repleta de visionarios, gentes que  salieron de la vía del conocimiento homologable, de los procedimientos tangibles y contemplaron con envidiable nitidez esos paisajes imposibles, paisajes exteriores y paisajes interiores.
                De este modo el ser humano se sintió capaz de crear y recrear objetos y realidades que no existían, que no eran razonablemente posibles: pensó en hacer volar aparatos, en enviar mensajes a través de ondas, en habitar el fondo del mar, en replicar células, en manejar máquinas con el pensamiento, en cultivar plantas sin suelo, operar a distancia, viajar en el tiempo, abolir las hambrunas, penetrar la mente o construir una sociedad justa.
                Es esa la senda del idealismo, sí. Una senda que se atreve a explorar terreno poco seguro, tal vez no concluyente, pero altamente estimulante. De hecho tan deseable, que nunca sabremos si las visiones fueron tales o sin serlo empujaron a la humanidad a desear y alcanzar dichas utopías por el solo hecho de ser  tan hermosas como ansiadas.
                Y ¿por qué unas personas han sido bendecidas con el don de tener estas visiones y otras no? Mientras el común de los mortales pisa firme en el terreno de la conciencia dirigiéndose hacia el ser, sospecho que estos pioneros se aventuran a través del inconsciente hacia el poder ser. ¿Es, pues, el idealismo un modo de conocimiento abordable desde el inconsciente?
                Si queremos ser honestos con nuestro corpus de conocimiento, admitamos que es absurdo afirmar la imposibilidad de cualquier futurible. El verdadero legado de toda la tradición del idealismo nos concede así montañas de esperanza. De modo que es la voluntad de la inteligencia (consciente o inconsciente) lo que nos mueve en una u otra dirección.
                El problema es que no está nada claro quién o qué mueve esta voluntad de la inteligencia. ¿Debe el ser humano cumplir como imperativo moral con el cultivo de su inteligencia?¿Es esta la única manera de garantizar que la evolución sigue un curso correcto?
                Seamos o no dueños de las ideas, estemos o no determinados a  crecer en ellas, perseveremos lúdica y lúcidamente sin descanso en el idealismo.


jueves, 4 de abril de 2013

EL ARTE DE ELEGIR

            En estos días me conmueve la serenidad de la casa al amanecer. Aprovecho el primer aliento de luz, pálido todavía, irreal, ultramundano. Y delecto la fantasmal apariencia de todo lo que cobijaba la sombra antes de que la luz abrasare su intimidad secular.
           De este modo ramonea mi mente las ideas, mordisquea aquí y allá los brotes y busca cada mañana pastos nuevos.
           Con el amanecer de hoy ha venido a mí una idea tentadora: la de una nueva humanidad a imagen y semejanza de un frondoso bosque en el que los árboles concibiesen la realidad a la inversa: las raíces sería sus cabezas, los troncos sus cuerpos y las ramas sus extremidades. Largas raíces como nervaduras conectarían a unos con otros en una única conciencia, en una red social densa y solidaria, a la vez que otras especies compartirían la fertilidad de ese medio social/forestal creando un floreciente espectro de biodiversidad eco-sciente.
            Y esta es la imagen que me ha evocado tu pregunta, Zenón, un escenario que me ha permitido reflexionar de modo ordenado y productivo. No ha sido fácil, créeme, como difícil debe de ser para ti soportar el peso de nuevas responsabilidades y la incertidumbre del corolario de tus primeras decisiones trascendentes.
            Por todo ello, trataré de ilustrarte.

            Podría decirse a priori que el don de elegir descansa sólidamente sobre la premisa de la libertad y la individualidad. Pero en la mayoría de las ocasiones –y en mayor grado cuando la trascendencia es percibida con angustia- lo único que nos acompaña es el miedo, lo cual desemboca a posteriori en todo tipo de gratuitas justificaciones sobre la falta de libertad e independencia como las causas de nuestras desastrosas decisiones.
           Generalmente tenemos la osadía de atrevernos a realizar elecciones sin considerar elementos indispensables para ello: ¿sabemos todo lo que hay que saber?, ¿conocemos las posibles consecuencias de nuestras decisiones?, ¿elegimos lo que realmente queremos, lo que honestamente necesitamos?, ¿nuestra elección está dentro de nuestras posibilidades reales?
          
           Volvamos a metáfora de la foresta.
        Si somos como árboles invertidos, esto nos conduce a una imagen muy sugerente: nuestra conciencia como una enmarañada red de conexiones que brotan de nuestro yo como esplendentes raíces. ¿Es posible que un individuo tome una decisión en este ambiente de manera independiente, sin afectar a su entorno, sin el conocimiento de su propia naturaleza y de las condiciones que perpetúan la armonía de su especie y del hogar que la sustenta? No. Desengañémonos. Sencillamente es imposible.
          ¿Es razonable creer que nos pertenece lo elegido? En todo caso somos nosotros los que quedaremos comprometidos con ello. Si todas nuestras decisiones conducen al crecimiento y a la madurez,   lo elegido ha de ser deseado, trabajado, conquistado, construido, perfeccionado y firmemente compartido. Debes custodiarlo como tu más íntimo tesoro hasta que lo entregas a su próximo depositario, ya sea esto una vocación, el amor, un libro, tu hogar, el aire que respiras o el agua que bebes o con la que te purificas.
          De acuerdo, toda elección es imperfecta, pero sus circunstancias son irrepetibles y el resultado revisable. De ello nacen nuevas y fértiles conexiones que nos anuncian próximos dilemas y requieren toda nuestra atención, toda la tensión vital de modo que podamos sentirnos indispensables, porque no hay bosque sin árboles y no habrá árboles si no hay bosques.
          No dejes de pensar en ello, Zenón. Cultívate sin descanso y vigoriza permanentemente tus sentidos, así como tu constelación de conexiones.
         Como cualquier otro arte, has de ver este que nos ocupa como un aprendizaje, un proceso. En lo referente a su ejecución, ganarás con el tiempo en precisión y en belleza. Buscarás sin vacilar el fundamento de todas las preguntas. Hallarás en el sobrio discurso de la alborada las respuestas mañana. Y algún día –estoy seguro- custodiarás y dignificarás mi legado. Entonces ya no te cuestionarás sobre ciertos propósitos, créeme, será la hora de elegir, al fin, si es el momento de pasar de discípulo a maestro.



lunes, 14 de enero de 2013

DE CUANTO IGNORO


                Rigurosamente, cada noche, hago inventario de cuanto ignoro. La senda se alarga bajo mis pasos hasta el más profundo sueño.  ¿Soy entonces lo que he sido o lo que busco llegar a ser? Mientras habito el sueño soy lo que ignoro. Cuando despierto soy lo que he sido.  No es posible caminar hacia lo que fuimos, ergo el destino es lo ignoto y nuestra misión es soñar.

miércoles, 4 de abril de 2012

EL CUADERNO DE ZENÓN

            El cuaderno de Zenón estaba repleto de citas más o menos literales de sus innumerables lecturas. Comenzaba por una obra que nos concernía muy directamente. Y su título elevaba todo ello a un confuso rango exploratorio o de metamorfosis interior, así como dialogante expiación de dudas o incluso cierto tono imperativo latente: De-liberaciones.
           
            En contra de toda lógica de los instintos, la conducta de Emilio no fue la de abrirlo y comenzar a leer su contenido. Abandonó la sala, se detuvo en un rincón y se dejó abrazar por un profundo y silencioso llanto. En este trance sentía que no podía ayudarle. Mi experiencia en la paternidad fue breve y de humillante desenlace. Qué podía decirle. Escuchaba su dolor y respetaba su intimidad.

            Ello nos llevó a vernos sorprendidos por la noche que, además, llegó envuelta de lluvia fina, persistente. Nuestro milagroso informador nos ofreció cobijo y aceptamos. La noche pasó con pocas palabras, muchas imágenes, pensamientos sombríos. Sopa caliente y algunas vueltas de cuchara después entendí que no había ninguna posibilidad de que los encontráramos, pero sí muchas de que nos encontrasen ellos a nosotros. De modo que, interrumpiendo el silencio, expuse a mis interlocutores mi propósito.

            Dando muestras de su original capacidad reflexiva (tal vez el genuino movimiento de los dedos en la cabeza fuera su alimento), nuestro anfitrión aventuró una idea: si mi intención era hacernos visibles, ser encontrados solamente por ellos, ¿por qué no reproducir algún objeto característico de nuestro pasado común y hacer que ello llegara a ser considerado un hecho noticioso? La difusión de la noticia nos ofrecía alguna oportunidad de éxito en esta difícil tarea. Pero ¿qué objeto?

            Emilio salió de su ensimismamiento súbitamente. ¿Por qué no editamos su cuaderno como un viejo libro de papel?

            Y así fue cómo, en la era digital, concedimos hasta el último aliento de nuestra esperanza a aquel ambicioso proyecto.


sábado, 24 de diciembre de 2011

RECONFIGURAR LAS ESENCIAS




            Mi querido Emilio descansa en una apartada aldea de montaña. Allí el impacto de la nueva sociedad que nos rodea es moderado. El paisaje y el paisanaje son cómplices en un juego de recuperación de las esencias que será vital para su porvenir.
            Me preocupa su adaptación a un mundo triste, pesimista, alejado más que nunca de las fuentes primordiales. La realidad en la que cree hoy el ser humano es virtual. Es difícil compartir tamaña idolatría cuando todos los días necesitamos comer y respirar de manera absolutamente real; por no enumerar otras necesidades físicas y psicológicas que no pueden o deben virtualizarse y forman parte de nuestro más íntimo ser.
            Emilio entiende el yo como una extensión de la naturaleza y del “nosotros”. Comienza por ello a rebelarse contra ciertos usos sociales de este tiempo que conducen al aislamiento, al abuso, al miedo, a la desconfianza. Saluda a todo el mundo, se interesa por cualquiera, se ofrece con su natural generosidad. No utiliza mecanismos para aquello que sus manos, sus pies o su inteligencia pueden acometer por sí solos, prefiere el trato personal y directo ante cualquier otra alternativa. Come pausadamente, habla y escucha con atención, aprende rápido, duerme como un bendito.         
            Quiero que lo haga sin mi ayuda, hasta donde sea posible, porque mis sensaciones al volver no han sido buenas y mis conclusiones resultan francamente pesimistas. Es un planteamiento egoísta por mi parte, lo reconozco. Confío en que Emilio me ayude a recuperar la esperanza con su bondad y su sencillez. Quiero ver este mundo a través de sus ojos, ya que con los míos no alcanzo a recuperar la convicción que alimentaba antaño mis días.
            Lo que no me preocupa en absoluto es la naturaleza. Ella saldrá adelante con o sin nosotros. Leo en su libro la fatiga de la oruga que está en sus últimos días antes de comenzar a enredarse en la muerte de una metamorfosis reparadora. Yo no veré la mariposa; Emilio tampoco. Somos dos tejedores disciplinados.
            Mi estimado Emilio abre los ojos cada mañana a una aventura. Le duele el yo en la medida en que también es extensión de la naturaleza y, por ello, procede a restañar estas heridas. Haciendo uso de todas sus energías predica el nuevo magisterio con un primer mandamiento: amarás el agua como a ti mismo.
            Los mares, los cielos, los ríos, las fuentes y todo aquello que abraza la vida guarda silencio y escucha a este humilde, minúsculo, tozudo y soberano predicador.

jueves, 24 de noviembre de 2011

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD

        


            Leo en el envés de tu moneda el lema de la revolución: “Libertad, igualdad, fraternidad”. Nada más lejos de tener un precio.
            Y me preguntas por esta paradoja, por el sinsentido en estos tiempos de pedir la libertad más absoluta; en el reino del feroz individualismo, del ocio y el consumo.
            Busquemos más a fondo.
            No somos nada si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Menos aún si renunciamos a conocer nuestro entorno con nuestros propios sentidos.
            La verdadera revolución empieza hoy en el nacimiento del yo, el yo consciente, el yo que siente lo que le rodea, que le repugna o le fascina la realidad, porque la escucha, la huele, la acaricia. Que la comparte y la interpreta con sus semejantes en una inagotable danza de intercambios sin prejuicios. El yo consciente necesita descubrir por sí mismo sus debilidades y sus capacidades, y necesita asimismo actuar para ponerlas a prueba.
            El yo consciente no puede madurar encerrado en sí mismo, no puede madurar conociendo o interpretando la realidad a través de la opinión o la experiencia de otros, no puede madurar dando la espalda a problemas o debilidades, no puede madurar sin actuar en consecuencia ante sus propias revelaciones, no debe renunciar a asumir toda su responsabilidad, no debe caer en la falacia del pesimismo ni del olvido fácil, no debe acomodarse en el aparente éxito que otorga el poder económico y social, no debe desear nada bueno sólo para él, no debe creer como excluyente la meritoria experiencia de un fracaso, no, porque la realidad demuestra tozudamente que todo y todos estamos íntimamente relacionados.

            (Dime de qué habría de servirnos la igualdad sin libertad; todos esclavos, eso sí, sin diferencias. Una igualdad forzada desde las carencias, vacía.
            Y, ¿te imaginas una fraternidad sin igualdad? Un nido de hipocresía sin medida. Porque ¿se puede concebir en la fraternidad la concesión de privilegios a unos en perjuicio de los otros?
            En todo caso, tampoco puedo comprender la libertad sin igualdad. ¿Qué sería, un menú de libertades a la carta?
            Ni la igualdad sin fraternidad: ¿configurar  un escenario de desconfianzas y recelos?
            Del mismo modo me horroriza una fraternidad sin libertad, siendo como sería la amputación del crecimiento real de cada individuo, la desesperanza, el conformismo.
            O la libertad sin fraternidad; entre la indiferencia mutua, la antipatía o el conflicto.)

            Íntimamente, cada uno de nosotros, habría de conocer bien cada episodio cotidiano de explotación, abuso, sometimiento o insolidaridad en el que ha participado: el hombre sobre la mujer, la madre sobre la hija, hermanos contra hermanos, hijos frente a padres, poderosos contra indefensos. ¿Acaso lo que hagan los demás puede llegar a ser eximente de la responsabilidad personal?
            El yo consciente busca en sí mismo y es consecuente. Ser consecuente significa compromiso. En primer lugar, el compromiso contigo mismo para seguir avanzando y madurando interiormente. En segundo lugar, el compromiso con los demás para garantizar las condiciones que permitan a todo el mundo avanzar y madurar igualmente: la libertad, la igualdad y la fraternidad.
            No es complicado, no es extenuante. Recuerda que todo está conectado y, si comienzas a moverte en esa dirección, descubrirás siempre nuevos agentes solidarios con tu marcha. Siempre.
            Me conmueve tu insistencia en dudar de tantas cosas, en preguntarte el porqué de todo. Pero reconoce las respuestas cuando aparezcan y concédeles el mismo estatus de valor que a las preguntas. Podrás variar el rumbo, la intensidad, el medio, pero no renuncies a la inquietud de esta búsqueda permanente.
            Tu moneda no cambiará el signo de los mercados, puedes estar seguro.
            Tu moneda ha de cambiar el mundo; es un valor seguro: libertad, igualdad, fraternidad, compromiso y perseverancia.

martes, 4 de octubre de 2011

ELOGIO DEL SILENCIO

   

El viaje, aquel viaje liberador y premonitorio, comenzó hace mucho tiempo, en una edad tierna, inexperta.
Todo comienzo es joven y, por añadidura, inquieto, con la inquietud de la prisa por llegar a todas partes; joven, sí, y por ello ardiente, con el ardor de la infinidad de estímulos por devorar sin mesura.
¿Reconocéis en este punto el aluvión de voces, discursos, clamor, barullo para este pobre aprendiz de caminante? Y unas pequeñas, inapreciables señas de identidad tratando de manifestarse, de conformarse con retales de talento y picardía tomados en préstamo aquí y allá.
En el principio, pues, fue el ruido. Lejos del yo resuena lo otro, se hace poderoso adentro; se asimila el ajetreo -un devenir de almas disociadas, solipsistas-, el mercadeo -el valor superficial como etiqueta impertinente-, la medida -un lenguaje reductor de todas las dimensiones- o la urgencia -ese desequilibrio permanente y agónico-.
            Sin embargo, la personalidad madura desde un crisol primitivo. Nacemos siendo niños y nacemos también enajenados de toda cultura que nos guíe en la explicación del porqué de todo lo que nos rodea.
            Esa edad antigua, rodeada de dudas, era el silencio. Mirando las estrellas en soledad, escuchando crepitar el fuego de la noche, sintiendo alaridos lejanos, estremecedores, dejando fluir el cauce permanente de un río.
            En algunas estaciones de mi viaje, comencé a encontrar escenarios antiguos y todos invitaban al recogimiento interior. En ellos no había urgencia, sino perennidad. Había infinitud y no medida. No había valor; todo era incalculable. Y había una poderosa intuición de identidad común entre ello y yo mismo. En efecto, todo conducía al propio yo.
            Veréis, en el silencio de esa edad antigua todo sonido manifiesta de manera cristalina una realidad. Es absoluto, indudable, lento, dilatable hasta la ubicuidad. Y es entonces, en ese contrapunto de existencias e inexistencia, de sonidos y silencio, cuando el viaje hacia el yo comienza a trazar el rumbo exacto.
            Han transcurrido innumerables jornadas desde el comienzo de mi aventura. Voy aprendiendo a buscar en cada una de ellas el origen de todas las dudas, de todas las reflexiones: el silencio. Voy apagando los estímulos ajenos al yo, voy adentrándome en el pálpito original, la madre de todas las certidumbres, hasta que sólo escucho mi respiración, mi pulso, mi garganta, mi existencia; hasta que comprendo que mientras viva no hallaré el silencio, no dejaré de buscarlo.
            Este es mi viaje, amigos. Cada jornada redibuja los perfiles de mis anteriores averiguaciones, de mis creencias. Escucho nuevos sonidos que no reconozco, lenguajes atávicos describiendo una realidad nueva por abordar. Sin querer evitarlo, me dejo atrapar por ellos.
            De tal modo que, poco a poco, voy identificando las alteraciones relevantes del silencio con marcadores más o menos  fiables que comparto, por fortuna, con otras almas. Los llamamos palabras.
            Y todo ello, paso a paso, va ingresando en un inestable y rudimentario almacén que tan solo me pertenece a mí –aunque no estoy del todo seguro- y que hemos determinado llamarlo memoria.




Foto: Henri Cartier-Bresson