Querida
familia, he dejado de ser vuestro maestro. En buena hora.
Todo lo
que sé os lo he entregado. Todo lo que sois me llena de orgullo, no un orgullo
necio, sino la mayor fuente de orgullo que pueda existir: dejar de ser para ser
en otro.
Me
queda, no obstante, una última lección que comunicaros, la lección que iluminó
las últimas horas de mi vida, de mi estado de conciencia terrenal.
Mi
relación con la vida y el porqué de las cosas que he ido conociendo a lo largo
de estos innumerables años ha sido a menudo tortuosa. No acababa de entender
que el mundo fuera una máquina inconsciente, pero tampoco entendía, en caso de
existir un Dios supremo, qué podía haber pretendido con la creación de una
especie tan decepcionante como la nuestra.
Perseguí
durante mucho tiempo una explicación. Abandoné la esperanza tantas veces que no
sé cómo pude recuperarla nunca. Seguramente el vacío que causa la incomprensión
ante las desgracias y la perseverancia de la malignidad humana, de la que pude
ser tantas veces testigo, me empujaron a
creer que esa explicación tenía que venir a mí de una u otra manera. La traería
hasta mí aunque fuera lo último que hiciera en mi vida. Y así ha sido.
Lo
vislumbré entre la penumbra de mi último encuentro con Sofía: la única imagen
plausible de un Creador es la del jardinero.
Mas no
son inflorescencias anodinas lo que ansía obtener con nosotros, no. Se trata de
otro cultivo: el de la inteligencia.
De toda
plantación, de toda propagación vegetal nacen ejemplares sanos que evolucionan
en una suerte diversa, y que, en el mejor de los casos, ofrecen frutos. Nosotros
somos esa masa de cultivo no siempre productiva, diría más, tan poco
productiva, de brotes tan infrecuentes, que
cuando sucede una de esas extrañas floraciones, el espectáculo resulta
especialmente cautivador.
En
todos mis años de aficionado a la botánica no he sido capaz de ligar un hecho
con el otro. Ya lo veis, nuestro pastor ha resultado ser un jardinero. Pensándolo
bien, las ideas necesitan raíces,
madurar en un lugar concreto, en un ambiente propicio, para reproducirse en la
eclosión de una diáspora de semillas fértiles que volverán a germinar sólo en
ambientes propicios, en circunstancias precisas.
Sin
embargo, todo jardinero - lo sé por experiencia- confiesa ciertas debilidades. Las ideas son
hermosas, no obstante hay algo en ellas que acaba alimentando lo peor del ser
humano. Crear un mundo para cultivar la inteligencia sólo por las ideas es
tentador, pero incompleto. ¿Qué se esconde más allá de ellas?
El
tiempo se me acababa. Exhausto, dejé de buscar la respuesta, de modo que ésta
viniera, si lo deseaba, a mí, puesto que yo ya no era capaz de llegar a ella.
Me entregué al silencio.
Y en él
se decantó serenamente mi postrera certidumbre.
El
único lenguaje universal es la razón principal de la creación. Dios creó al
hombre para cultivar la música. En alguna parte del espacio sin tiempo, o del
tiempo sin espacio, vaya usted a saber, Dios
quedó seducido por la música. Y desde entonces no sabe qué demonios hacer con
nosotros.