sábado, 24 de marzo de 2012

EL HOMBRE QUE TAMBORITEABA LOS DEDOS SOBRE SU CABEZA

           
            La descripción de Zenón y Sofía era demasiado imprecisa para el pastor. A pesar de ello seguía pensando que era una buena idea preguntar en la central eléctrica. Y como ésta se hallaba a una distancia razonable, decidimos acometer el plan.
            Desde la lejanía se divisaban las enormes tuberías resbalando por la ladera hasta el alojamiento de las turbinas. Junto a ellas había un pequeño edificio en el que presumiblemente podríamos encontrar las oficinas.
            No nos atendió nadie al llamar. La puerta estaba abierta. En el interior, un breve recibidor y pasillos a ambos lados. Fotografías en las paredes de ingenios energéticos. Retratos de directores generales. Penumbra y rumor permanente de máquinas en alguna parte.
            Decidimos avanzar por el pasillo de la izquierda, tal vez porque la luz era más clara. Al fondo una puerta acristalada. Nadie respondió a nuestro repiqueteo de nudillos en la madera. Abrimos y allí estaba, sentado de espaldas.
            El hombre que tamboriteaba los dedos sobre su cabeza apenas se inmutó ante nuestra presencia. Leía un dossier, un informe, algo oficial quizá. Nos miró de reojo y volvió a sus papeles sin pronunciar palabra.
            Junto a él, una muchacha joven, decidida, preguntó qué deseábamos. Habló Jean Jacques. Amablemente explicó el motivo de nuestra visita con un largo circunloquio lleno de cortesía tras el cual pronunció el nombre de mi hijo.
            Entonces el hombre dejó de golpear su cabeza con el repiqueteo tántrico. Se volvió hacia nosotros y sonrió. -Ya me parecía que había visto en alguna parte esa expresión-, dijo mirándome fijamente.

            Entonces comencé a sentirlo por primera vez. El vértigo de saberme progenitor de una criatura a la que no conocía, la velocidad de las transformaciones más sutiles, el peso de la responsabilidad compartida, el amor, el intenso amor y la necesidad de encontrar a Sofía, la rabia del desencuentro me hicieron llorar ante aquel hombre de vista profunda, soberana, tras sus gruesas gafas y su sonrisa cómplice.

            -Sí, Zenón trabajó con nosotros.

            Jean Jacques tomó asiento lenta y cansadamente. El hombre que tamboriteaba los dedos sobre su cabeza sonreía para sus adentros. Se acercó la mesa, abrió el cajón superior, registró un momento, encontró algo y lo cogió. Era una elegante libreta. Se acercó a mí.

            -Tome, Emilio. Lo dejó porque pensó que algún día pasaría usted por aquí.