martes, 4 de junio de 2013

EL SENTIDO DE LA VIDA

                 Los últimos tañidos de un largo invierno despiertan en Emilio la angustia contenida. Son ingentes los contrastes, las controversias, las necesidades. Es prudente la conversación sosegada al calor de la amistad.   
                - Ningún empeño ha de parecer más ingrato que el de buscar sentido a la vida, Emilio, porque jamás hemos de hallarlo. Y si no hemos de hallar sentido a la vida ha de ser convenido que es un sinsentido la vida, lo cual, amigo, puede resultar francamente desalentador.
                - ¿Qué queda pues? ¿Abandonarnos a la pasividad de la condescendencia, de un laisser faire vegetativo, inoperante? ¿Navegar a través de la desesperación al compás de un tiempo irrelevante? ¿O navegar a través del largo y ancho tiempo de unos irrelevantes días teñidos de desesperación?
                - Si el porqué está implícito en el por qué, todo parece exterior, todo se escapa en un irrefrenable devenir, en una imagen movida en la que nada se distingue claramente.
                - Yo no soy nadie, ya lo sé, para reclamar la certidumbre, maestro. Si no hay más que sombras, sombras he de beber, sombras he de respirar, sombras he de concebir en esta hora oscura. No me conforta saber que, como hombre, yo también soy hijo de las sombras. Maldigo mi especie y me maldigo a mí mismo y todo el tiempo –la eternidad- que llevo buscando la absolución para esta maldita criatura que atormenta día a día mi esperanza, que abrasa el territorio por donde pasa, que condena a todo aquello que toca, que confunde el orden del cosmos. Si buscar un porqué no nos libera de todo ello, si no nos honora, si no condona nuestra fragilidad, si no alivia el pesar, si no conmuta la derrota, ¿qué me mueve a continuar perseverando?
                - Muy sencillo, Emilio: la duda.
                - ¿La duda de qué?
                - O la de quién; en todo caso: quién determina el porqué. Sin haber un porqué, no habrá un haber y, a nuestra manera, bien que somos ¿no? De modo que, tanto si somos juzgados como si somos jueces, el tribunal dicta sentencia y la sentencia se acata y se cumple irreversiblemente: de una manera u otra ingresaremos en el orden de ese cosmos que no se deja confundir.
                - Pero ¿a qué precio?
                - Del mismo modo que la rueda nunca deja de dar vueltas, la vida nunca deja de ser vida y, si para que todo cobre sentido debe abolirse la condena de la muerte, en consecuencia no podría acontecer nacimiento alguno. Todo parece indicar, como ves, que nadie es dueño de tanto como estima propio y, por tanto, ¿qué sentido tiene buscar un sentido?
                - ¿Qué hacer, entonces, Jean Jacques?

                - No busques el porqué, Emilio, busca el cómo.