viernes, 4 de noviembre de 2011

EMILIO, SIGLO XXI

            Emilio ha despertado de un largo sueño. Abre los ojos y el mundo que conoció, el mundo sobre el que le instruyeron ya no está. Reconoce aspectos de su vida y sus costumbres en algunos casos, pero se siente indefenso.
            Y como criatura inquieta y neonata comienza a plantearse preguntas y más preguntas que de momento nadie responde.
            ¿Por qué hay tanto ruido? ¿Cómo es capaz de vivir así esta gente?
            Observa vehículos autónomos que no necesitan de ninguna bestia para moverse y que circulan a unas velocidades que le producen vértigo. Y le asombra una multitud de personas en calles de inmaculada limpieza aparentemente ajenos unos de los otros y en convivencia suicida con estos carromatos veloces.
            ¿Qué estación del año debe de ser? Reconoce apenas los indicios de algunos árboles que han perdido sus hojas y un tiempo tibio desdibujando su razonamiento.
            En las enormes edificaciones proliferan los ciudadanos encarando unas pantallas luminosas y tecleando una especie de pianoforte con pequeñas teclas de letras. Su concentración es tal que pueden pasar horas y horas sin comunicarse con las otras personas que están en idénticas circunstancias junto a ellos.  De hecho, Emilio observa con estupor que las personas que caminan por la calle no hablan entre ellos.
            ¿Dónde están los animales? Tan sólo algunos pájaros de horribles graznidos se dejan ver en este extravagante biotopo, además de unas palomas sucias y, en algunos casos, lastimadas por heridas impropias de un lugar sin aparentes depredadores. No hay rastro de caballerías, los perros no son libres, y las únicas piezas de ganado que ha podido descubrir son las que muestran las tiendas, perfectamente despiezadas, envueltas como si fueran para regalar y en una abundancia que no puede llegar a cuantificar razonablemente.
            Pero, por Dios ¿Qué llevo puesto? Emilio no había reparado en su indumentaria. Unos calzones ceñidos y de un tejido áspero. Un camisón corto, unos zapatos estilizados. Un aparato extraño en el bolsillo que descubre extraordinariamente común entre sus semejantes. Ellos acercan este aparato a la oreja y en ocasiones hablan con nadie como en un ensayo de teatro a solas.
            Es demasiado. Repentinamente ese aparato comienza a emitir una melodía de manera repetitiva e insolente. Mira la pantalla y ve escrito un nombre: Jean Jacques.