viernes, 4 de octubre de 2013

ELOGIO DEL IDEALISMO

                En honor a la verdad, nada se ha ensanchado más en los últimos tiempos que la certidumbre de nuestra ignorancia, al menos entre los círculos de la “inteligencia”.
                El camino del conocimiento racional busca siempre sendas bien pavimentadas, circuitos seguros, comprobables, replicables. Y, sin embargo, avizora fuera de la ruta marcada paisajes tan ignotos como anhelados: es el difuso retrato de todo aquello que ignoramos.
                Pero la Historia está repleta de visionarios, gentes que  salieron de la vía del conocimiento homologable, de los procedimientos tangibles y contemplaron con envidiable nitidez esos paisajes imposibles, paisajes exteriores y paisajes interiores.
                De este modo el ser humano se sintió capaz de crear y recrear objetos y realidades que no existían, que no eran razonablemente posibles: pensó en hacer volar aparatos, en enviar mensajes a través de ondas, en habitar el fondo del mar, en replicar células, en manejar máquinas con el pensamiento, en cultivar plantas sin suelo, operar a distancia, viajar en el tiempo, abolir las hambrunas, penetrar la mente o construir una sociedad justa.
                Es esa la senda del idealismo, sí. Una senda que se atreve a explorar terreno poco seguro, tal vez no concluyente, pero altamente estimulante. De hecho tan deseable, que nunca sabremos si las visiones fueron tales o sin serlo empujaron a la humanidad a desear y alcanzar dichas utopías por el solo hecho de ser  tan hermosas como ansiadas.
                Y ¿por qué unas personas han sido bendecidas con el don de tener estas visiones y otras no? Mientras el común de los mortales pisa firme en el terreno de la conciencia dirigiéndose hacia el ser, sospecho que estos pioneros se aventuran a través del inconsciente hacia el poder ser. ¿Es, pues, el idealismo un modo de conocimiento abordable desde el inconsciente?
                Si queremos ser honestos con nuestro corpus de conocimiento, admitamos que es absurdo afirmar la imposibilidad de cualquier futurible. El verdadero legado de toda la tradición del idealismo nos concede así montañas de esperanza. De modo que es la voluntad de la inteligencia (consciente o inconsciente) lo que nos mueve en una u otra dirección.
                El problema es que no está nada claro quién o qué mueve esta voluntad de la inteligencia. ¿Debe el ser humano cumplir como imperativo moral con el cultivo de su inteligencia?¿Es esta la única manera de garantizar que la evolución sigue un curso correcto?
                Seamos o no dueños de las ideas, estemos o no determinados a  crecer en ellas, perseveremos lúdica y lúcidamente sin descanso en el idealismo.