sábado, 24 de marzo de 2012

EL HOMBRE QUE TAMBORITEABA LOS DEDOS SOBRE SU CABEZA

           
            La descripción de Zenón y Sofía era demasiado imprecisa para el pastor. A pesar de ello seguía pensando que era una buena idea preguntar en la central eléctrica. Y como ésta se hallaba a una distancia razonable, decidimos acometer el plan.
            Desde la lejanía se divisaban las enormes tuberías resbalando por la ladera hasta el alojamiento de las turbinas. Junto a ellas había un pequeño edificio en el que presumiblemente podríamos encontrar las oficinas.
            No nos atendió nadie al llamar. La puerta estaba abierta. En el interior, un breve recibidor y pasillos a ambos lados. Fotografías en las paredes de ingenios energéticos. Retratos de directores generales. Penumbra y rumor permanente de máquinas en alguna parte.
            Decidimos avanzar por el pasillo de la izquierda, tal vez porque la luz era más clara. Al fondo una puerta acristalada. Nadie respondió a nuestro repiqueteo de nudillos en la madera. Abrimos y allí estaba, sentado de espaldas.
            El hombre que tamboriteaba los dedos sobre su cabeza apenas se inmutó ante nuestra presencia. Leía un dossier, un informe, algo oficial quizá. Nos miró de reojo y volvió a sus papeles sin pronunciar palabra.
            Junto a él, una muchacha joven, decidida, preguntó qué deseábamos. Habló Jean Jacques. Amablemente explicó el motivo de nuestra visita con un largo circunloquio lleno de cortesía tras el cual pronunció el nombre de mi hijo.
            Entonces el hombre dejó de golpear su cabeza con el repiqueteo tántrico. Se volvió hacia nosotros y sonrió. -Ya me parecía que había visto en alguna parte esa expresión-, dijo mirándome fijamente.

            Entonces comencé a sentirlo por primera vez. El vértigo de saberme progenitor de una criatura a la que no conocía, la velocidad de las transformaciones más sutiles, el peso de la responsabilidad compartida, el amor, el intenso amor y la necesidad de encontrar a Sofía, la rabia del desencuentro me hicieron llorar ante aquel hombre de vista profunda, soberana, tras sus gruesas gafas y su sonrisa cómplice.

            -Sí, Zenón trabajó con nosotros.

            Jean Jacques tomó asiento lenta y cansadamente. El hombre que tamboriteaba los dedos sobre su cabeza sonreía para sus adentros. Se acercó la mesa, abrió el cajón superior, registró un momento, encontró algo y lo cogió. Era una elegante libreta. Se acercó a mí.

            -Tome, Emilio. Lo dejó porque pensó que algún día pasaría usted por aquí.


             

miércoles, 14 de marzo de 2012

AVENTURARSE A LA VENTURA

    
            « Vivre, ce n’est pas respirer, c’est agir, c’est faire usage de nos organes, de nos sens, de nos facultés, de toutes les parties de nous-mêmes qui nous donnent le sentiment de notre existence. L’homme qui a les plus vécu n’est pas celui qui a compté le plus d’années, mais celui qui a le plus senti la vie. »

Émile  ou de l’education
J. J. Rousseau



            Vivir no es en respirar, es actuar, es hacer uso de nuestros órganos, de nuestros sentidos, de nuestras facultades, de todas las partes de nosotros mismos, que nos dan el sentimiento de nuestra existencia. El hombre que más ha vivido no es el que ha contado más años, sino el que ha sentido más la vida.


domingo, 4 de marzo de 2012

PASTOREAR O BUSCAR A SOFÍA

              El plan era sencillo: encontrar a Sofía.
            Sofía era la respuesta y a la vez el problema. Las pruebas apuntaban a un comienzo: el lugar desde donde se realizaban los envíos a Jean Jacques; los lugares, en realidad, porque se trataba de varias estafetas de correos no muy distantes entre sí y situadas no demasiado lejos del refugio temporal de Emilio en la montaña.
            Se trataba de viajar despacio, a pie, recogiendo toda la información posible en el tránsito, aunque a veces fuera información irrelevante para el caso.
            Así fue cómo se cruzaron con el pastor, un lugareño de mediana edad que preparaba unos pesebres para sus bestias y que tras los saludos de cortesía inquirió a nuestros viajeros sin rodeos.

           P.- ¿Qué les trae a ustedes por aquí?
           E.- Buscamos a unos familiares con los que perdimos contacto hace mucho tiempo. Son un muchacho y su madre. Algunos indicios apuntan a que podrían estar por aquí.
          P.- Yo veo a poca gente, no recuerdo haber visto a una mujer forastera con su hijo, como me describís, pero sí recuerdo un muchacho que estuvo hasta el último verano trabajando en la central eléctrica. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo que era un chico de trato agradable, muy educado y atento.

            Era algo más de mediodía. El sol bañaba generosamente los cultivos y era una bendición recibir su energía. El pastor cogió su zurrón y les ofreció compartir la comida a lo cual accedieron humildemente tras varios intentos inútiles de negarse. Y como no hay zurrón sin bota de vino, al cabo de unos tragos la elocuencia fue venciendo a la timidez y aquel extraño personaje demostró más perspicacia de la que cabía aventurar.

            P.- No crean que la soledad es pariente de la ignorancia, amigos. He visto tantas cosas inexplicables que, por fuerza, tuve que aligerar incertidumbre creando mi propia interpretación de todo aquello, a falta de maestros que guiaran mi entendimiento.
            J.J.- En el fondo, no hay mejor maestro que aquel que conduce al discípulo para que éste haga por sí solo todo descubrimiento deseable. Puede que lo más necesario para ello sea precisamente la soledad. Pero siga, por favor, creo entender en sus palabras que ha desarrollado una interpretación propia de algunas de las cuestiones que todos nos planteamos.
            P.- Así es, no tuve más remedio. Lo primero que me planteé en mi juventud fue si la enseñanza de nuestro párroco -a quien tuve ocasión de tratar con más frecuencia de la deseada- se ajustaba a mi experiencia con los elementos.
            E.- Interesante modo de plantearlo. ¿Cuál fue su conclusión?
            P.- Pues créanme, amigos, por más vueltas que le di, no me cuadraba que hubiera un dios y un universo separados. El mundo se me antoja indivisible y divino por un igual. Una parte no podía crear a la otra, necesitaba una explicación más coherente.
            J.J.- ¿Y cómo resolvió seguir?
            P.- Leyendo. Leyendo mucho. Algunos libros que fue dejándome el maestro me iluminaron al respecto. Leí sobre el universo, sobre cómo pudo nacer y comprendí el significado del Big Bang, comprendí con una satisfacción que no puedo llegaros a explicar que Dios somos todos, que todo son fragmentos de un Dios que fue y que, por algún inexplicable misterio, decidió disgregarse un día para nacer de nuevo.
            E.- ¡Sorprendente!

            La animada conversación proseguía sin dejar de prestar atención a longanizas, pan y queso. Jean Jacques gozaba intensamente del verbo generoso del pastor. Emilio sujetaba trabajosamente los desvaríos de su inteligencia maltrecha por los efectos del tinto bien curado que tomaban, pero no por ello había dejado de pensar en el muchacho de la central eléctrica y en continuar la búsqueda cuanto antes, tirando de ese hilo tan prometedor.



viernes, 24 de febrero de 2012

DIARIO DE SOFÍA


              Sé que te lo prometí, Zenón, no más tristeza.
            Hemos tenido suerte y no quiero olvidarlo ahora que todo alrededor parece que se desmorona. Tu padre estaría orgulloso de ti, el adalid del nuevo Humanismo, el muchacho de inquebrantable fe en el presente. Todos los días recuerdo su bondad, pero queda tan lejos. Tienes los mismos ojos de inconformismo que vi en él la primera vez, cuando nos visitó con el maestro Rousseau. Mis padres le seguían el juego; nosotros nos escrutábamos insaciablemente.

            Estaba cansada. Y hace unos meses me permití algo parecido a tirar un mensaje en una botella al mar: envié una carta a la vieja dirección de L’Ermitage, junto al bosque de Montmerency. En ella incluí recuerdos hermosos de nuestra vida juntos. Era como mandarlos de vuelta a casa. Quería mantener las esperanzas de que pudiera haber alguien más, de que no estábamos solos en nuestra travesía.

            No cabía esperar respuesta, ya que la casa dejó de existir hace mucho tiempo. Pero la hubo. Comenzaron a llegar notas con citas del maestro, citas de “Emilio”, aquel hermoso libro que Jean Jacques dedicó a tu padre, o más bien a cómo fue forjando su educación. Unas veces llegaban a través del correo postal, otras a través de mensajes al móvil, por correo electrónico, incluso una vez lo encontré escrito en la pizarra de clase.

            Y todo esto me desconcierta profundamente. ¿Quién está jugando conmigo, con nosotros? Todo quedaba tan lejos, que ahora tengo miedo, miedo de encontrarme con algo que ya había dado por muerto.
            Zenón, hijo mío, ¿qué puedo hacer? ¿Qué quieres que haga? Los días pasan ahora más despacio. Hace dos semanas que no recibo ningún mensaje. Me preguntas por mi melancolía; ahora ya sabes de qué se trata. Es tan grande mi deuda de amor, mi compromiso, que acepté cambiarlo todo por construir un futuro posible y no puedo creer que hayamos fracasado.

            Tal vez sea hora de rendir cuentas.
             

martes, 14 de febrero de 2012

SOLAMENTE HOY


            « Celui qui sait varier ses situations et ses plaisirs efface aujourd’hui l’impression d’hier: il est comme nul dans l’esprit des hommes; mais il jouit, car il est tout entier à chaque heure et à chaque chose. Ma seule forme constante seroit celle-là ; dans chaque situation je ne m’occuperois d’aucune autre, et je prendrois chaque jour en lui-même, comme indépendant de la veille et du lendemain. »

Émile  ou de l’education
J. J. Rousseau

            Aquel que sabe variar las situaciones y los placeres borra hoy el rastro del ayer: será siempre despreciable al espíritu de los hombres; pero él disfruta porque es íntegro en todo momento y en cada cosa que hace. La única constante para mí sería esta: en cada situación me volcaría íntegramente y no pensaría en ninguna otra y consideraría cada día en sí mismo, independiente de la vigilia y del mañana.

                                                

sábado, 4 de febrero de 2012

UNA FOTOGRAFÍA

            La mañana es extraordinariamente fría. El albor avanza en compañía de cantos y despertares entre los bosques aledaños. Emilio prepara el desayuno. Habituado a la soledad, la compañía de Jean Jacques ha estimulado en su espíritu la necesidad de profesar todo tipo de atenciones a su amigo. Y Jean Jacques, que lo escucha, logra incorporarse por fin con cierta dificultad.
            “Hace tanto tiempo que soy anciano que no recuerdo ya lo que era sentirse ágil y despierto, ni tampoco despreocupado y feliz”, piensa el maestro. Pero ama su condición y desea la compañía del pupilo, por lo que halla la manera de regresar una vez más al presente.

            J.J.- Te veo involucrado en tu tarea, Emilio.
            E.-  Buenos días, Jean Jacques.
            J.J.- Buenos días. Estoy impresionado por la opulencia de tu hospitalidad.
            E.- ¿Un café y unas tostadas? ¿Algo de fruta? ¿Acaso habéis sufrido necesidad en estos días?
            J.J.- No, amigo, no le des más importancia. Hace una eternidad que practico la mayor de las frugalidades y anoche fui mucho más allá de lo que es mi costumbre.
            E.- Pero si sólo tomasteis  una copa de vino y media libra de queso con un mendrugo de pan. Ahora comprendo vuestra escuálida figura, aunque debo reconocer que alguna virtud esconde esa frugalidad vuestra porque mostráis una excelente salud.
            J.J- Es cierto. He oído decir acertadamente en estos días que menos es más.
            E.- No puedo estar más de acuerdo. Pero convendréis conmigo que no puede haber algo más allá de la nada, de modo que el no comer es camino que os conduce a un seguro deterioro.
            J.J.- Pasemos a la mesa, pues.

            Emilio había adquirido el hábito de escuchar algún informativo matinal a través de la radio. Le sorprendía la naturalidad con la que uno se acostumbraba a creaciones desconocidas que implican mutaciones radicales en el devenir de las relaciones humanas. Ahora, sin estar acompañado, una voz, la de un desconocido, le abrazaba desde cientos de kilómetros de distancia. El problema es que nadie atiende a sus ingeniosos comentarios en la cocina y comienza a desinteresarse por esta clase de compañía. Otro detalle no menos importante le empuja hacia nuevas opciones: tiene la sensación de que siempre escucha las mismas noticias y de que todo ello no es más que un dictado. Por todo ello ofrece a Jean Jacques disfrutar de un poco de música.

            E.- ¿Qué preferís, maestro? Vos albergáis uno de los espíritus musicales más completos que he conocido y dudo que  halláis desaprovechado la ocasión de conocer lo que haya podido acontecer en la música de todos estos siglos.
            J.J.- No he desaprovechado ni un solo día. Todavía doy gracias a todas horas de disponer de este maravilloso don que nos permite escuchar grabaciones extraordinarias a nuestro antojo. Harían falta varias vidas para poder disfrutar de todo ello y otras tantas para comprenderlo y analizarlo.
            E.- Así, pues, ¿qué deseáis escuchar?
            J.J.- Hoy algo más cercano

            Y extrae de todos aquellos discos una grabación de hermosas sonatas del viejo Johann Sebastian.
            Pero Emilio desea recuperar el hilo de la conversación en aquel punto en que la noche impuso la fatiga. No había dormido bien. El recuerdo de la preocupación que dejara entrever el rostro y las palabras de su maestro traicionaba su silencio. Jean Jacques toma un sorbo de café sin perder de vista el taciturno semblante de su alumno.

            J.J.- Todavía piensas en mis palabras de ayer.
            E.- Ha sido un hondo pesar toda la noche.
            J.J.- No pierdas la esperanza. Hay razones para ello.
            E.- Hablad, por favor.
            J.J. Es simple y a un tiempo desafiante.
            E.- Me tenéis en ascuas.
            J.J.- Te dije que no comprendía qué podía ser tan importante para que nuestro destino regresara a rodar por este mundo. Te dije que al fin había comprendido. Te confié que esto me preocupaba ahora más.
            E.- Así es, pero ¿por qué?
            J.J.- Porque tenemos que encontrar a alguien.
            E.- ¿A quién?
            J.J.- Es largo de explicar. Incluso necesito para ello algunas aclaraciones que sólo tú puedes darme.
            E.- No puedo imaginar de qué se trata pero, creedme, contáis con toda mi complicidad.
            J.J.- Hace unos días llegó una fotografía a mí por correo postal. En ella se dibuja la silueta de una mujer y un niño. La calidad de la imagen no permite adivinar de quién se trata, pero tengo un presentimiento, Emilio y quiero que la veas.
           
            Jean Jacques extrae de un sobre la imagen y la coloca sobre la mesa, al alcance de Emilio. Éste se apresura a cogerla y observar. Pero no es necesario demasiado tiempo para que una expresión conmovida confirme las sospechas del maestro.

            E.- ¡Es Sofía!
            J.J.- Eso creo yo también.

            ¿Pero el niño? Ninguno de los dos se atreve todavía a comentarlo. Tan sólo hay un indicio más y no en la fotografía. Jean Jacques acerca el sobre a su discípulo dándole la vuelta para mostrar el remite.

            J.J.- ¿Sabes quién puede ser?
            E.- ¡Dios mío! Era el nombre que íbamos a ponerle a nuestro primogénito.

            Observa de nuevo la imagen, entrañable, hermosa, esperanzadora. Ahora lo sabe. En alguna parte les espera la explicación, el sentido, tal vez una misión, un porvenir. No hay que perder tiempo. Hay que dignificar cada momento, cada movimiento. Hay que celebrar la vida. Más allá del oscuro túnel del ayer esperan cogidos de la mano Sofía y Zenón, Zenón y Sofía.





martes, 24 de enero de 2012

EL REENCUENTRO

            Ha pasado demasiado tiempo. Siempre ha pasado demasiado tiempo cuando se trata de reencontrar a un amigo. Emilio abre la puerta y halla tras ella a Jean Jacques con aspecto cansado; sonriente, pero cansado. Sobre la inesperada felicidad del reencuentro planea, pues, una nube oscura de dudosos presagios.

            E.- ¡Maestro! No puedo creer lo que mis ojos ven. ¿Qué hacéis aquí? ¡Qué
inmensa sorpresa! Pasad, por favor, acomodaos.
            J.J.- Emilio, mi querido Emilio. Es tan reconfortante volver a verte.

            La impresión de un fatigado viaje conmueve a Emilio y le hace olvidar sus propios pesares de hace unos instantes.

            E.- ¿Os encontráis bien, Jean Jacques?
            J.J.- Sí, Emilio, no sufras. Todo mi pesar se desvanecerá de inmediato al compartir contigo palabras y viandas, camino o reposo. Es la carencia de estos antiguos y sencillos placeres lo que más necesito.


            La luz comienza a declinar, aunque el día va ganando poco a poco vuelo a estas alturas del invierno. Emilio atiza el fuego para contrarrestar otro remolino de aire frío que se cuela por alguna parte. Dominando sus deseos de formular tantas preguntas, se dirige a la despensa y porta algunos víveres junto a un aromático vino. Jean Jacques observa el fuego, el silencio. Cruza algunas miradas cómplices con su discípulo mientras éste le sirve. Sin hablar, lentamente, levanta el pan, decanta vino sobre su copa y prueba bocado de un robusto queso bien curado.

            J.J.- ¿Recuerdas, Emilio, cómo empezó todo?
            E.- Sí, maestro. Todo comenzó en el silencio.
            J.J.- Así es. Caímos en el silencio para morir en él y fue, sin embargo, nuestro renacimiento. Es por ello que no entiendo el porqué.
            E.- ¿A qué os referís?
            J.J.- No entiendo qué puede ser tan importante para que nuestro destino haya iniciado una nueva etapa en un mundo tan complejo y tan triste. He intentado preservarte de mis dudas durante algún tiempo, recluido en esta villa, para tratar de comprender y permitirte una adaptación más natural.
            E.- No ha sido fácil, Jean Jacques. El tiempo se volvía ya en mi contra.
            J.J.- Lo suponía.
            E.- ¿Y habéis comprendido ya?
            J.J.- Sí, pero mi preocupación es ahora mayor.

            La conversación se detiene. El crepitar de las llamas ayuda a hilvanar los pensamientos, con su indescifrable y tierno lenguaje ancestral.
            Las miradas descansan en el frío. Tomando aliento se desplazan torpemente del fuego a las vituallas y de la mesa al amigo, pero las palabras pesan cada vez más y el reloj desmiente todas las certidumbres menos una.

            E.- Es tarde, maestro. Descansemos.


sábado, 14 de enero de 2012

DOMINIO DE SI


           « C’est une erreur de distinguer les passions en permises et défendues, pour se livrer aux premières et se refuser aux autres. Toutes sont bonnes quand on en reste le maître ; toutes sont mauvaises quand on s’y laisse assujettir. (…) Il ne dépend pas de nous d’avoir ou de n’avoir pas de passions, mais il dépend de nous de régner sur elles. Tous les sentiments que nous dominons sont légitimes ; tous ceux qui nous dominent sont criminels. »

Émile  ou de l’education
J. J. Rousseau

            Es un error distinguir las pasiones en lícitas y prohibidas, para abandonarse a las primeras y rechazar las otras. Todas son buenas cuando se las sabe dominar, todas son malas para el que se deja someter por ellas. (…) El tener o no tener pasiones no depende de nosotros, pero sí depende de nosotros el reinar sobre ellas. Todos los sentimientos que dominamos son legítimos; todos los que nos dominan son criminales.

miércoles, 4 de enero de 2012

DE CÓMO CULTIVAR ESTRELLAS


            Podría decirse que tengo más de doscientos cincuenta años y, sin embargo, no he pasado de los treinta. La única ventana abierta a mi niñez y mi juventud es la noche. Mirando las estrellas creo atrapar en la luz de los sueños mi pasado. He venido hasta aquí por ello, buscando una noche perfecta.
            Y si hay noche oscura y estrellas al alcance de los dedos, hay silencio, maestro. El corazón de la noche es siempre una pequeña luz palpitante que enciende y apaga los recuerdos en la intimidad del silencio interior.

            Hay miles de razones para seguir cultivando grandes extensiones de recuerdos, para vivir. La noche precede al día, el silencio a la música, la muerte al renacer, la duda a la certidumbre, la ausencia a la añoranza, la añoranza al reencuentro.
            En estas noches perfectas he soñado tantas veces con Sofía. ¿Por qué he vuelto si ella no está aquí? La busco en las estrellas, me busco en ellas a mí mismo. Y he tenido la tentación de creer que puedo volver a tenerla conmigo sólo con desearlo.
            Ahora crepita el fuego. Deseo que ella venga con nosotros, al calor de esta infinita añoranza. Confundo su rostro entre las llamas, dibujo entre las brasas mi desorientación, intento elevar como ese humo mis pensamientos hacia el cielo y…
            Alguien llama a la puerta.

sábado, 24 de diciembre de 2011

RECONFIGURAR LAS ESENCIAS




            Mi querido Emilio descansa en una apartada aldea de montaña. Allí el impacto de la nueva sociedad que nos rodea es moderado. El paisaje y el paisanaje son cómplices en un juego de recuperación de las esencias que será vital para su porvenir.
            Me preocupa su adaptación a un mundo triste, pesimista, alejado más que nunca de las fuentes primordiales. La realidad en la que cree hoy el ser humano es virtual. Es difícil compartir tamaña idolatría cuando todos los días necesitamos comer y respirar de manera absolutamente real; por no enumerar otras necesidades físicas y psicológicas que no pueden o deben virtualizarse y forman parte de nuestro más íntimo ser.
            Emilio entiende el yo como una extensión de la naturaleza y del “nosotros”. Comienza por ello a rebelarse contra ciertos usos sociales de este tiempo que conducen al aislamiento, al abuso, al miedo, a la desconfianza. Saluda a todo el mundo, se interesa por cualquiera, se ofrece con su natural generosidad. No utiliza mecanismos para aquello que sus manos, sus pies o su inteligencia pueden acometer por sí solos, prefiere el trato personal y directo ante cualquier otra alternativa. Come pausadamente, habla y escucha con atención, aprende rápido, duerme como un bendito.         
            Quiero que lo haga sin mi ayuda, hasta donde sea posible, porque mis sensaciones al volver no han sido buenas y mis conclusiones resultan francamente pesimistas. Es un planteamiento egoísta por mi parte, lo reconozco. Confío en que Emilio me ayude a recuperar la esperanza con su bondad y su sencillez. Quiero ver este mundo a través de sus ojos, ya que con los míos no alcanzo a recuperar la convicción que alimentaba antaño mis días.
            Lo que no me preocupa en absoluto es la naturaleza. Ella saldrá adelante con o sin nosotros. Leo en su libro la fatiga de la oruga que está en sus últimos días antes de comenzar a enredarse en la muerte de una metamorfosis reparadora. Yo no veré la mariposa; Emilio tampoco. Somos dos tejedores disciplinados.
            Mi estimado Emilio abre los ojos cada mañana a una aventura. Le duele el yo en la medida en que también es extensión de la naturaleza y, por ello, procede a restañar estas heridas. Haciendo uso de todas sus energías predica el nuevo magisterio con un primer mandamiento: amarás el agua como a ti mismo.
            Los mares, los cielos, los ríos, las fuentes y todo aquello que abraza la vida guarda silencio y escucha a este humilde, minúsculo, tozudo y soberano predicador.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

FAVORES INAPRECIABLES

            « L’ingratitude seroit plus rare si les bienfaits à usure étoient moins connus. On aime ce qui nous fait du bien; c’est un sentiment si naturel ! L’ingratitude n’est pas dans le cœur de l’homme, mais l’intérêt y est: il y a moins d’obligés ingrats que de bienfaiteurs intéressés. Si vous me vendez vos dons, je marchanderai sur le prix; mais si vous feignez de donner pour vendre ensuite à votre mot, vous usez de fraude: c’est d’être gratuits qui les rend inestimables. Le cœur ne reçoit de lois que de lui-même; en voulant l’enchaîner on le dégage; on l’enchaîne en le laissant libre. »

Émile  ou de l’education
J. J. Rousseau



            Sería aún más rara la ingratitud si fueran menos frecuentes las donaciones con usura. Amamos lo que nos produce un bien; ¡es un sentimiento tan natural! La ingratitud no se alberga en el corazón humano, pero el interés sí: existen menos deudores ingratos que benefactores interesados. Si me vendéis vuestros dones, yo regatearé el precio que quiero pagar por ellos; pero si fingís que me dais para venderme luego al precio que queráis, cometéis un fraude: es el hecho de ser gratuitos lo que los hace inapreciables. El corazón sólo admite leyes de sí mismo; queriendo encadenarlo, lo liberas; dejándolo libre lo encadenas.

domingo, 4 de diciembre de 2011

REVELACIÓN IMPONDERABLE

            Si de todo aquello que he visto y conocido en las últimas semanas, bajo este extraño calor de otoño, tuviera que hablaros, Jean Jacques, de lo que más me ha emocionado, no albergaría duda alguna: es la mujer.
            Creo entender por vuestras largas explicaciones que hay una buena parte del ecumene en el que todavía no se admite la igualdad entre ambos géneros. Esto no desmerece la fascinación que siento al observar tan maravilloso cambio. Siempre pensé que el patriarcado era un dominio antinatural aunque vos os hallabais todavía bajo el influjo de algunos de sus prejuicios. Y no entendía la importancia de la fuerza como cosa de hombres. Si de los hombres y sólo de ellos son cosas como las guerras ¿he de añadir mucho más?

            Pero qué agradable desafío de naturalidad, qué belleza omnipresente en el desparpajo del vestir; esa magnífica riqueza de atuendos, desde el pantalón -parece que se inventó más para ellas que para nosotros- hasta el traje con falda de talle ajustado. Qué luz despierta su mirada viva, hiperactiva, inteligente; la luz de la confianza en el hoy y en el porvenir. Ellas generan confianza también, son la resistencia dentro del caótico devenir de estos tiempos, o como se dice ahora la resiliencia.
            En este orden natural de las cosas que intentamos vos y yo leer fielmente, su posición y su estatus parece ahora más coherente, pero ¿el nuestro?
            Somos los cazadores y ellas las recolectoras; una manera muy distinta de interpretar indicios en el entorno. Por cierto ¡quién reconoce ya este maldito entorno! Intuyo que no soy el único que hierra en percepciones y previsiones con respecto a la realidad inmediata. Si son tiempos de adaptación y prudencia, he aquí un nuevo argumento a favor de las recolectoras, ¿no creéis?  Antes de dar por bueno el fruto hay que buscar en el acerbo de la experiencia toda información relevante, probar con suma precaución, recoger, garantizar su conservación, mantener el recurso…
            Oh, la mujer. Sólo la sensibilidad femenina nos conducirá a la regeneración, a nuevas soluciones para viejos problemas, a sanar lo que ha enfermado, actuar sin reservas.
            Disfrutemos de su belleza, veneremos sus talentos, conciliemos nuestras visiones, reconozcamos y demudemos nuestra estúpida prepotencia.
            Me siento cómodo en este nuevo mundo, Jean Jacques: doctoras, conductoras de autobuses, policías, psicólogas, alcaldesas, maestras, arquitectas. Desconfiemos de quienes dan la espalda a este principio de la nueva era. Luchemos para que sea fundamento firme e irrenunciable. Ocupemos el lugar que nos corresponde y seamos persistentes, como ellas, en la polivalencia y la ubicuidad.
            Me habláis de que sin compromiso no hay nada. He aquí una primera dimensión de compromiso posible. Porque amarlas,… es imposible no hacerlo.